Volver a Romeo y Julieta

Romeo y Julieta forman parte de nuestro inconsciente. Una obra maestra, que ha transgredido el tiempo, que se reconfigura en cada nueva lectura, enaltecida en los formatos más clásicos y conservadores, y que cruza invicta las propuestas más bizarras y contemporáneas.

Romeo y Julieta puede leerse en una biblioteca, jugarse en un parque, discutirse en un prestigioso foro literario, ser una metáfora o un chiste. Romeo y Julieta se seducen, como imanes, se atraen incesantemente, reiteran su muerte una y otra vez en el imaginario colectivo. Esto nos lleva a preguntarnos ¿Qué hace que volvamos a verla?

Este ícono del ballet moderno con más de medio siglo sigue sorprendiéndonos. Frente a la orquestación clásica, la complejidad rítmica de Prokófiev desafía los cuerpos, que atentos la acogen y la transforman. Personajes alegres saltan y bromean, se hacen cómplices al público que se va dejando conquistar por su jovialidad, destacándose el carisma hecho movimiento de Acaoa Theóphilo.

Romeo celebra su pasión con virtuosismo, su simpatía nos asombra y pasa a convertirse en empatía. Entonces, nos encontramos rememorando nuestros propios amoríos y sus encuentros clandestinos, giros desenfrenados y equilibrios medidos, juegan en ambos cuerpos como estados constantes en qué fluctúa el amor. Y es ahí cuando nos damos cuenta que Julieta sigue estremeciéndonos en su despedida. Hoy como hace cincuenta años y cada vez que esta coreografía es bailada con profesionalismo, dedicación y entrega de intérpretes como lo demostrado por María Noel Riccetto.  

También se destaca la lectura innovadora de la escenografía y el vestuario original de Paul Andrews,  que introduce una estética minimalista resaltando la esencia de la representación histórica. Teniendo la capacidad de caracterizar la escena con la elección de ciertos matices dentro de una paleta que enmarca la época en que se sitúa la obra. El diseño de vestuario trasciende la sencillez con el cuidado minucioso de los detalles de la indumentaria que se complementa con los tonos cálidos de las escenas más emotivas.

El despliegue escenográfico es un logro del trabajo que se realiza en los talleres del Auditorio, uno de los pocos en Latinoamérica que cuenta con la infraestructura, la profesionalización y la capacidad logística para llevar a cabo una producción de tal magnitud: un escenario que se transforma y sorprende en cada acto; que dialoga con el cuerpo de baile generando líneas y recorridos armónicos al movimiento, utilizando agudos elementos simbólicos que cierran la estructura dramática y nos envuelven en el universo actualizando de esta obra trágica.

Las emociones son una herramienta destacada, que está acompasada con movimientos mayormente circulares que desplazan a los personajes por el escenario generando un recorrido acompañado por la música y la danza. El despliegue representa los clímax, con diferentes ambientes, espacios y un tiempo lejano. Los gestos son un elemento convincente a la hora de transmitir y hacer al público partícipe de la obra.

Los bailarines del Ballet Nacional del Sodre conforman un cuerpo de baile sutil y elegante, desarrollan una potente gestualidad cargada de emocionalidad, mientras tanto la sonoridad va contribuyendo a la atmósfera de deseo hasta estallar como sentencia del dolor.  En ese momento, la tragedia de época se transfigura, se encarna en la vida cotidiana de cualquier ciudadano contemporáneo, el público de la Sala Fabini es seducido y lo demuestra con el incesante aplauso final.

Romeo y Julieta de MacMillán revive siempre el desenfreno y  la pasión adolescente que nos avergüenza en la adultez. También hace del clásico una puesta que actualiza el sentir cotidiano y hace sucumbir al público ante la emocionalidad de dos cuerpos que caen como una experiencia vivida.

Ihasa Tinoco y Luisina Fungi