Un pueblo sin cultura es un pueblo perdido

“Una furia patria”, en mayúscula y en grande aparecía en la pared de fondo del escenario, que era toda una pantalla. Al entrar el título de la obra nos invadía de lleno, la sala estaba preparada, nos estaban esperando. Los actores calentaban sus cuerpos de las más diversas maneras, para que la historia que nos estaban invitando a sentir, nos llegue.

De fondo sonaba “Ahora quién” de Chico Trujillo, resonándome la parte de la letra que dice “¿a quién le quedará el recuerdo mañana?”, cita indicada para introducir estas líneas que a continuación, afirmará que esta obra es teatro político.

Cuatro eran los actores en escena, que al culminar la música, tomaron su lugar indicado y comenzaron actuar.

Un elemento en escena, no menor, fue gran protagonista de la narración: una cámara que se trasladaba a donde los actores querían. Se sumaban tres cámaras más, fijas, que se proyectaban en la gran pantalla de fondo. Estas cámaras revelaban nuevas narrativas desde otras perspectivas, y enfocaban: todo el escenario desde la cabina de sonido; dos asientos a la izquierda donde los actores esperaban para entrar en escena; la cámara movible que primaba arriba de una mesa; y el fondo del escenario, que era un cuarto donde se guardaban las cosas viejas del teatro.

En la mesa, que parecía ser un despacho, colgaba un cartel que decía: “Museo Histórico de Teatro Nacional Argentino”. Los personajes revelaban constantemente su apropiación con la institución, como su vida estaba arraigada al trabajo, depositando todo su tiempo, energía y dedicación a mantener una historia que desde ya hacía mucho tiempo, estaba olvidada.

Soledad (María Viau) una funcionaria que trabajaba hacía 9 años en el museo, era la más arraigada al trabajo, estaba todo el tiempo arreglando las antigüedades para cuando llegasen visitas. La cuestión era que, hacía ya tres años, nadie pisaba el museo. La historia del teatro estaba verdaderamente olvidada.

 

No les importa el teatro menos las cosas que quedaron” le afirmaban a Soledad, contestando a gritos “esto no puede estar pasando, un pueblo sin cultura es un pueblo sin alma”.

Entre humor y realidad, la obra nos narra el olvido de una nueva institución cultural argentina. “¿Hasta cuando vamos a seguir con esta farsa?” se preguntaban los personajes, y junto a notificaciones que prescinden de su contrato, la luz se apaga.

La obra cierra con un cartel en alto que se eleva gritando: “un pueblo sin cultura es un pueblo perdido”. Una obra que saltó el charco para hacerse escuchar, para comunicar una realidad y necesidad: centros culturales, teatros y obras están en alerta, están desapareciendo.

Un teatro político que demuestra que el pueblo argentino está muriendo, al estar perdiendo su cultura.