“SOLO CON AMOR NO ALCANZA”

Salir sin saber qué decir

Jesús muere en navidad porque todo lo que conocemos es solo una realidad posible de todas las que suceden en “Juegos mecánicos”, obra de Fernando Nieto Palladino, que abre el FIDAE en la Sala Verdi.

La realidad se distorsiona en situaciones simultáneas que se contradicen mientras los personajes viven un pasado que renace y genera diferentes futuros posibles. El calor nubla la mente y desprende la ropa haciendo sobrevolar un aire incestual desde la primera escena. Si los personajes sufren el calor del verano, el público suda la superabundancia de información que no logra unir o que se deja unir de infinitas formas distintas. Cartas que se leen sin saber por qué, roperos de los que aparecen y desaparecen los personajes, personas que están pero no se ven, memorias de una infancia lejana y un río que corre de norte a sur y todo se lleva.

Cada cosa meticulosamente, aunque parezca mínima, cumple una función en la narración. Desde un cigarrillo que comprueba y desmiente la muerte de un personaje, y luego vaticina la muerte de otro, hasta las revistas de moda que representa el afuera nunca mostrado.

Las repeticiones y aliteraciones cuánticas se enmarcan en lo único que no cambia en los diferentes universos simultáneos: el calor, la dejadez y el conformismo de los personajes. Conformismo como el de Jesús a través de la obra: “Te dejé de buscar”, responde Jesús a los reproches de Laura. “Dejé de buscar porque todos dejaron”, se justifica. Laura se presenta como el motor del conflicto de la obra, que choca contra la dejadez de Jesús que también envuelve a Lucía. Es Laura la que llega a romper con la rutina de Jesús y Lucía, su vuelta es igual de misteriosa que su ida. Nada está claro, entonces el público sólo puede especular sobre lo que está pasando en escena: los tres roperos que forman la escenografía -por donde aparece Laura- conectan a los personajes con lo que está afuera de la casa; que bien puede ser un pueblo del interior o un portal cuántico.

Nieto Palladino se inspira en una estampita de Santa Lucía, patrona de las modistas (como la madre de Jesús y Lucía), los obreros y pobres, santa a la cual un pretendiente le arranca los ojos pero sigue viendo, según la leyenda medieval. En la obra es Lucía la que parece sumergida en la tensión incestual con su hermano y los celos hacia Laura. Es Lucía quien toma el lugar de su madre y mantiene la “casa igual que antes” afirma con orgullo. Al final luego de hablar directamente con el público, Lucía encauza el desenlace de la obra.

La creación de la obra empezó con una idea  sobre una estampita de Santa Lucía, y se empezó a trabajar con los actores sin nada definido. El texto llegó después en  el proceso del colectivo. El trabajo realizado sobre el texto se basa en su repetición y las distintas formas de llevarlo adelante, como un deja vu que se repite pero en cada caso distinto. El diálogo sirve como referencia al espectador de que ese momento sucedió, y que ahora vuelve a pasar, revestido de otras emociones y tensiones.

Ir a ver esta obra en que nada está del todo claro y uno sale perdido en pensamientos e imágenes, en contraposición con obras clásicas que conforman este festival cómo es Otelo, muestra la heterogeneidad de este Fidae 2017 que comienza con fuerza en la Sala Verdi.

 Mateo Peri      Santiago Barreiro