_Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música_

La Sala Principal del Solís está llena, solo quedan a la venta lugares de visión nula. Son las nueve y cinco minutos, la gente se mueve y murmura. En el escenario reposan los atriles y parte de los instrumentos. El piano de cola espera a Cristian Zárate, el contrabajo a Sergio Rivas y el bandoneón enfocado con una luz especial, a Lautaro Greco. El violín y la guitarra memphis están ausentes, ingresarán después con los intérpretes Sebastián Prusak y Germán Martínez para completar el quinteto.

El conjunto es dirigido por Julián Vat y se formó hace más de veinte años en el marco de la Fundación Astor Piazzolla, con la misión de revivir el estilo que murió con el músico en 1992.

Al hablar de Piazzolla hablamos del compositor de tango más reconocido del mundo. El quinteto lleva su nombre y representa por extensión al género entero.

Cuando alrededor del cincuenta se lo acusó de no hacer tango, Piazzolla definió lo que hacía como música contemporánea de Buenos Aires. Cuando el establishment lo acusaba de ser el asesino del género, solo los jóvenes vibraban con las investigaciones musicales que hacía. El martes, el Solís estaba lleno y aclamante. Era un signo más de la inversión del status quo musical de los últimos años.

Son las nueve y cinco. El escenario sigue inerte. Se reproduce el aviso de apagar los celulares y se escucha algo que no es música: un partido de fútbol a la lejanía. Del desconcierto general surge una voz que grita: “¡Apagá la radio, imbécil!” y después de las risas, el quinteto de instumentos se completa en escena. La ovación fue la primera de muchas. Después del silencio se hizo la música.

Silencio música deleite aplauso. Silencio música aplauso deleite. La síntesis de esa noche podría traducirse así, en ambas enumeraciones sin coma. El público tenía una actitud predispuesta y orgásmica, que en algunos momentos generó un carácter interrogativo al deleite. Los músicos a veces no concretaban la pieza y el Solís entero ya estaba aplaudiendo. ¿Falta de escucha? Quizás un poco de desespero por poseer la experiencia.

La ejecución fue magistral. La destreza técnica de cada intérprete, incuestionable. La sincronía de las voces un producto firme derivado de la potencia de cada músico y de los años que llevan escuchándose al tocar entre sí.

La dirección de Julián Vat nos pone en contacto con la parábola creativa que transitó Piazzolla con su quinteto Nuevo Tango desde 1960, conjunto que expresó la síntesis musical del autor y que hoy fue reencarnada en el Solís.

Además de presenciar el magnífico arte arqueológico de este conjunto, la escena contó con la participación de Hugo Fattoruso, músico uruguayo precursor del rock latino y de la fusión con ritmos latinoamericanos. Esta presencia potenció el clima orgásmico, la destreza musical y la significación histórica de que esa música fuera la que llenara la sala principal del teatro principal.

Entre tanto disfrute y gemido de señor de traje, esa música que fue revolución censurada por otros  señores de traje, es voz oficial y precedente a la música que hoy cambia junto con el mundo, fuera del Solís.

Son las diez y treinta y cinco minutos y una voz excitada grita desde el aplauso que cierra: “¡Libertango!” y aunque está fuera del repertorio estipulado, Lautaro, Sebastián, Sergio, Germán, Cristian, Julián y Hugo improvisan este grito que dice como Piazzolla, que si todo ha cambiado, también debe cambiar la música.

Fotografía por Santiago Bouzás

 

Agustina Cabrera