Ser parte

 

El telón estaba bajo y en el proscenio del escenario había un atril de madera, donde posaba un micrófono. La presentación indicaba que se estuviera preparando para dar un discurso. Así fue, porque enseguida entró en escena la primera actriz, quien anticipó lo que iba a suceder: la tragedia clásica del teatro universal Antígona de Sófocles, que se presentó en la sala principal del Teatro Solís, de la mano de actores y actrices mexicanas, los días 10 y 11 de agosto.  

La historia comienza  con las consecuencias de la guerra entre Eteóles y Polínices -hermanos- que tiene como fin la muerte de ambos. Creonte, el déspota de Tebas, decreta que Eteócles tendría que ser enterrado con honores por ser un héroe que murió por la patria. Mientras tanto, Polínices, en memoria de su enemistad con los tebanos, sería colgado a la vista de todo Tebas para que sea devorado por buitres.

Quienes estábamos en la sala, no éramos simplemente espectadores sino que formábamos parte de la historia porque representábamos al pueblo de Tebas. La cercanía se vivía sobre todo en el momento en que se estaba llevando el debate sobre la muerte o no de Antígona, por haber intentado enterrar a su hermano Polínices.

A la vez, la puesta en escena mostraba las cartas que fueron enviadas por los hermanos en discordia, mientras que una luz amarilla, que iba del piso al techo del proscenio, contrastaba con la oscuridad de la sala. 

La escenografía estaba constituida por algunas sillas, una mesa, un banco rojo, un fondo con tablas desordenadas, un cuarto negro con puerta y el cuerpo de Polínices colgado. También, de vez en cuando, se entrometían elementos: una cuerda que demostraba el intento de Antígona por enterrar a su hermano y de esa forma salvar su alma; el trono de Creonte, rey de Tebas; y un pequeño escenario con telón rojo, que recopilaba hechos del pasado.

El monarca se presentaba con vestido de colores fríos: traje celeste con detalles en dorado, medias blancas y capa azul. Mientras tanto, su postura de superioridad, se potenciaba con acciones fuera de las leyes establecidas, que cuestionaban el concepto de democracia instaurado en la ciudad. 

En este contexto, la saliva de Antígona era pólvora. Reaccionaba con rabia por tanta injusticia. Entonces, le gritaba en la cara que era inhumano, “que persuadiendo cualquiera llegaba al trono, que estaba creando leyes injustas y que era un domesticador de bestias”. Por otro lado, Creonte, cada vez que se refería a una mujer incluía la palabra “mía” e increpaba a Antígona por su vestimenta y su actitud desafiante. Sin embargo, ella no perdía sus convicciones y confiaba en su poder para contraatacar a cualquier hombre a pesar de que se encuentrara en una posición de superioridad. 

En una época y un pueblo donde el patriarcado se lucía a flor de piel, la lucha de Antígona, a pesar de su voluntad, llegó a su fin. En ese momento, la sala principal del Teatro Solís se mantuvo a oscuras y el silencio predominaba, mientras tanto una luz blanca y radiante posaba sobre ella dejándola aún más vulnerable. 

Sin embargo, no sería el fin de la historia, porque Creonte enseguida esparció piedras en el proscenio del escenario mientras Antígona continuaba descobijada en el centro. De repente, el rey comenzó a gritar y a incitar que la apedreáramos, porque debía morir. Enseguida una piedra voló, pero no en dirección a Antígona, sino que fue dirigida al monarca.

Gran parte de los espectadores gritaban, corrían, ocupaban el escenario en justicia de Antígona. Representaban a un pueblo revelándose contra el déspota gobernante, un pueblo que no calló sino que actuó contra la injusticia, haciendo morir el egocentrismo, el poder, el imperio, la comodidad, la violencia, la injusticia y, sobre todo,  a la desigualdad.

Federico Sánchez