¿Por qué tenemos que ver?

El Festival de Internacional de Cine y Derechos Humanos de Uruguay, interpela desde su nombre: “Tenemos que ver”. Si bien declara que hay algo que no estamos viendo, no es un imperativo sino una invitación. Ante la superposición de imágenes constantes, y el bucle de información en que vivimos, se abre una invitación a ajustar el foco para entrar en otras panorámicas. En medio de este ver constante aparece un llamado a prestar atención.

Una puerta en una casa o un recuerdo en un placar determinan como la violencia institucional se ejerce continuamente, gotea en la vida cotidiana. El documental “El otro lado de todo”, que cierra el Festival de Cine y Derechos Humanos, deja claro como aquello que parece inasible está anclado en los modos de vivir. En una puerta se materializa la complejidad de una sociedad marcada por decisiones institucionales. El documental de Mila Turajilic, abarca la complejidad política de Serbia, no en el discurso o en la sucesión de eventos, sino en el día a día, en lo que realmente importa detrás de todo esto, el cómo vivimos la vida. La puerta, la escalera, la mirilla y el timbre tienen cargas políticas, condensan miedos, logros, odios, deseos de muchedumbres, discursos en la calle o en la cena. La violencia institucional no es un postulado teórico, es una fuerza real ejercida sobre nuestras decisiones como familia, como hijas, como madres, como hacedoras del presente. Precisamente por esto, es necesario que tengamos que ver.

Si bien los derechos humanos suelen ser convocados desde la institucionalidad, esta de una forma u otra también ejerce violencia contra estos derechos; hacer un foco en esto visibiliza la denuncia, y a su vez nos recuerda que las violaciones a los derechos humanos no son ni aisladas, ni responsabilidades individuales, sino que se abrigan tanto en las decisiones macropolíticas como en el ejercicio diario de violencias, en la naturalización de las desigualdades y el desconocimiento de los derechos . Y en tanto se componen en nuestra vida, son maleables a nuestra capacidad de cambiarlos, no solo en el día a día, sino en el interpelarnos e interpelar a las instituciones.

Así el interpelar desde el ver, es también cuestionarnos sobre cómo vemos, tal vez es por esto que el festival se titula en una acción. “Tenemos que ver” plantea un rol, o una posibilidad del cine, del ojo propio pero también del ojo en colectivo. Ver es algo plural, y es también un deber. Entonces aparecen además de las competencias y la muestra, típicas del medio cinematográfico, otras prácticas, como las actividades de formación en formato de taller y cine foro, la desconcentración del festival en otros departamentos, los concursos no profesionales y de participación plural, el visionado de niños niñas y adolescentes, el concurso de fotografía y algo que no puede faltar, la fiesta final. Más que en el discurso de la pluralidad, este formato se establece en coherencia con la temática del Festival, sí para ver, pero también para hacer de esa visión una práctica colectiva.

Habilitar esta mirada se hace posible gracias al trabajo de una producción que mira más allá de los límites del fenómeno cinematográfico hegemónico, y trabaja en colaboración con otros, desde los maestros del liceo, hasta la Sala Zitarrosa, la Secretaria de Derechos Humanos, la Sala Nelly Goitiño, entre otros. De ahí se desprende la particularidad, el reconocimiento y el aprendizaje que alienta este festival. Es de destacar la gratuidad de su programación y la apuesta al cine como lugar de aprendizaje, en especial en el “Concurso Nacional de Cortos 1 Minuto 1 Derecho”, que protagoniza uno de los momentos más emocionantes del cierre del festival, la premiación , entre 200 cortometrajes, de la creación de estudiantes de primaria, ciclo básico, bachillerato y UTU. Para Patricia Zabala de la Sala Zitarrosa es además de la curaduría del festival con enfoque regional es trascendente “Poder brindar un espacio a niñas, niños y adolescentes para que hablen de estos temas (…) es parte de lo que consideramos debe ser la misión de este espacio público”.

Apostar a romper la jerarquía entre quién produce y quién ve, trascender el cine como herramienta de denuncia y abordar el cine como lugar de creación en el que se produce conocimiento propio, en la que el hecho estético es también político y colectivo.

Tenemos que ver” plantea retos a la forma en que se tratan, enseñan y ejercen los derechos, propone con su trabajo otras formas del acontecimiento cultural del que tenemos mucho que aprender, donde la producción supere lo técnico y lo inmediato y se convierta también en otro material de creación.

Ihasa Tinoco

Licenciada en Danza Contemporánea de la Universidad de las Artes de Cuba (ISA). Graduada de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Ha trabajado como bailarina de la Compañía Danza-Teatro Retazos, maestra de los talleres comunitarios a niños, niñas y jóvenes y relacionista pública de la Cía. Ha sido periodista para el diario del Festival de Danza en paisajes Urbanos “Habana Vieja Ciudad en Movimiento” durante dos ediciones.

Ha participado en la creación y ejecución de proyectos nacionales y de cooperación internacional en el área de Derechos Humanos con población vulnerable, desde el arte danzario en Colombia. Como bailarina y coreógrafa trabaja en proyectos interdisciplinarios y en investigación sobre la danza en espacios no convencionales.