“No me categorices”

 

Tenemos el programa en mano, y leemos la descripción de la artista allí presentada:

Liz Aggiss nació en Nanny Goats Common, Dagenham, Essex, bebé de la posguerra, en una era represiva en los suburbios donde los padres realmente estaban a cargo y los niños no eran vistos ni oídos, Liz nunca tuvo la idea de qué era ni qué quería hacer, solo sabía que quería ser vista y oída. Luego de galopar hacia el horizonte, cuando fue decentemente posible se tropezó con las artes, para empezar a moverse de manera misteriosa y gritar… bastante.

Y ahí entonces, junto a dos traductoras, comienza este intercambio.

-En la obra hay una interpelación constante al público a través de “Hello people! Are you comfortable?” ¿Por qué creés que esta pieza genera incomodidad?

-Porque cuestiono desde el lugar feminista los tabúes sexuales, cómo se concibe la belleza y todo lo que determina cómo deberíamos comportarnos y sentirnos las mujeres, sobre todo las de mi generación. Cuando pregunto si se sienten cómodos, ya sé que las respuestas van a ser que no tanto. Vengo de los cincuenta, una época donde los niños eran vistos pero no escuchados. Mi generación de mujeres vivió esa represión. Cuando era chica aprendí a complacer a los demás, pero ahora yo me complazco a mí misma. Cuando una crece cuestiona y deconstruye todo lo que se establece en la juventud. En la primera parte de la pieza, que represento a una chica joven, hablo sobre el lenguaje y cómo la lengua sirve para reprimir a la mujer. Cuando una es joven aprende. Cuando una es grande resetea eso que aprendió de joven. De chica aprendí a complacer a los demás, ahora yo me complazco a mí misma. Como actriz femenina, cuando entro en escena hay una cantidad de información que está escrita en mi cuerpo, vinculada a mi historia personal y al momento histórico al que pertenezco. Este cuerpo lo utilizo para trabajar en contra de todas las concepciones preestablecidas.

¿De dónde surge el interés estético por lo grotesco?

Surge de mi interés en las performances de mujeres de períodos entre las dos guerras mundiales. Hay muchas bailarinas grotescas que se formaron durante ese período. Muchas eran judías y fueron asesinadas. Crearon este movimiento de danza que se llamaba danza expresiva. Este trabajo desafiaba las políticas del momento. Una danza que se caracterizaba por estar en contra de la clase media burguesa y que renegaba la idea de cómo debía ser el cuerpo femenino en la escena. A través de este movimiento me di cuenta que yo también podía bailar sin tener un vocabulario físico femenino. Eso marca una especie de sentido político a nivel global de la obra y otro a nivel personal de mi propia experiencia vital. Lo femenino también es gracioso y accesible, no tiene que ser solo dramático. Para el hombre también es complicado ver en el escenario a una mujer graciosa. En Inglaterra es problemática la actriz graciosa. El humor está reservado a lo masculino, aunque haya muchas personas tratando de cambiar esto.

¿Sentís que la danza te ayudó a empoderarte y deconstruir los discursos hegemónicos sobre la mujer?

Es una pregunta interesante, porque desde la perspectiva de la danza no tengo el cuerpo adecuado. Nunca tuve el cuerpo adecuado. Empecé a hacer danza a los veintiocho años, me consideraban demasiado vieja para empezar. Entonces, desde el principio empecé a tener interés en trabajar el cuerpo de la mujer y los retos creados por las categorías. Una de mis primeras piezas, cuando tenía 33 años, se llamaba Bailarina grotesca y todos los críticos hablaron de que yo no tenía el cuerpo adecuado para bailar. Yo no sabía que tenía que tener un cuerpo estandar para bailar. Fueron muy ofensivos. No sobre el trabajo, sino sobre mi propio cuerpo. Desde ese momento me di cuenta que quería trabajar temas vinculados a la violencia hacia el cuerpo a través de las categorías. Esta pieza es muy política no solo porque hable de cosas políticas, sino porque pongo a mi cuerpo en un lugar reservado para los cuerpos jóvenes. Porque la danza contemporánea está hecha por y para gente joven. ¿Quién tendría que estar en el escenario? ¿Quién no tendría que estar en él? Cuestionar todo esto es un reto para mí. Mi rol, mi trabajo, es mantenerme presente, estar, que no me saquen. Yo estoy en la tercera edad, estoy más cerca de la muerte que del nacimiento. Esta es una experiencia incómoda para la gente, no lo quieren ver.

¿Qué vínculo tiene este trabajo con la teoría queer?

Este trabajo ha sido representado en festivales queers, porque saca al cuerpo de la posición de los preconceptos. Antes de venir para acá fui a Italia a un festival LGBT. 200 hombres gay se volvieron locos cuando me vieron. Me doy cuenta que es un sentimiento más allá de las fronteras. Es un espectáculo que funciona desde la perspectiva queer porque le habla al ser individual.

¿Sentís la definición como una reducción?

Sí, claro, por eso me ubico en la misma línea de danza contemporánea, teatro, performance, show, porque me reniego a ser categorizada. Uso múltiples disciplinas para hacer esto, uso la voz, el gesto, la danza, la actuación, cualquier cosa que necesite. Yo le digo a los críticos que soy una artista indisciplinar. No sin disciplina, sino sin una específica. No me categorices, no me digas lo que tengo que ser ni hacer. No tomes el control, es mí espacio, es mí vida, mí cuerpo y yo lo hago de esta manera. Tanto en mi vida privada como en la artística he tomado estas decisiones. Esto marca una especie de sentido político a nivel global de la obra y otro a nivel personal de mi propia experiencia vital.

Entrevista: Agustina Cabrera

Traducción: Adélaïde Kéraldi e Ingrid Gimena