Mi hijo sólo camina más lento para salvarnos

Se escuchan saludos, que son palabras amables de quienes reciben al público para indicarle sus ubicaciones. Todas provienen de los actores que ya encarnan sus personajes. Rita nos pide las entradas y nos indica los lugares mientras nos da la bienvenida al cumpleaños de su sobrino. La obra es una fiesta por ser el cumpleaños número 25 de  Branko y también porque la ceremonia de asistir a El Galpón, se potencia en un juego de interacción en forma armoniosa y  justamente medida con el hecho escénico a punto de comenzar. La intimidad de la sala es altamente explotada por el director Gerardo Begérez, haciendo que el público se sienta permanentemente protagonista, que evita por completo el displacer que se pueda presumir de una sala pequeña. Los actores se distribuyen en butacas junto al público llevando la escena desde el centro hacia cada rincón de la platea, donde todo es una escena constante, un movimiento permanente. Los hechos que van sucediendo en el escenario son apuntalados por breves narraciones de los otros personajes desde el público. Cada movimiento escénico por más que comprometa plenamente a los espectadores jamás pierde la armonía ficcional.

Branko (Ignacio Estévez), cumple un cuarto de siglo y sin embargo es quien menos protagoniza el suceso. El hecho de no poder caminar no es su tragedia, pero la soledad sí parece serlo en una casa llena de personas. Su familia explora en este día los fracasos personales de cada uno: la infelicidad del matrimonio, la pérdida del amor, la juventud, la belleza y los sueños posibles. Todos derraman los sentimientos más profundos de una vida que transcurre aceleradamente como escapándose por una ventana.  Mía (Mariella Fierro),  es una madre que no acepta la imposibilidad física de su hijo al mismo tiempo que su matrimonio se convierte cada vez más en una rutina de reclamos. Carga con  la senilidad de su madre, el desconocimiento de su hija, la rivalidad de su hermana y el recuerdo de una juventud llena de promesas. La disfuncionalidad de los vínculos se plasma en un delicioso texto del croata Ivor Martinic, quien nos da una lección tras otra de cómo podemos ser completamente infelices mientras lo exteriorizamos a carcajadas.  

Las actrices llevan el ritmo de la comedia, los papeles se equilibran por la personalidad específica de cada miembro de la familia y el rol que en ella ocupan.  Ana (Solange Tenreiro) es la abuela senil que desde sus desvaríos repica la risa constante, nos arrasa con la picardía de ser anciano y querer olvidarlo todo, porque “todo ha sido una mierda” y lo único bueno es aquello que podemos obtener de dar rienda suelta a la fantasía.  Rita (Anael Bazterrica),  la otra hija de Ana y hermana de Mía, es encarnada de forma arrolladora. La actriz que nos deslumbrara en Incendios, obra que también se presentó en El Galpón, nos regala un personaje cómico que pareciera por momentos menguado a baño María en la piel misma de una China Zorrilla.  Bazterrica carga en sus hombros, anchos de oficio, toda la obra desde el  minuto cero en que el público ingresa a la sala.

Por su parte, las más jóvenes en escena; Estefanía Acosta (Doris) y Soledad Frugone (Sara), nos muestran a dos jóvenes amigas completamente diferentes. La primera, hermana de Branko, se escapa de la realidad taciturna de su familia hacia un mundo incierto en búsqueda del amor. Sara por su parte, ha de hacer lo mismo dentro de la familia de su amiga, encontrando en  Branko la posibilidad de no estar sola y la experiencia de sentirse mujer.  Debemos sumar a la gran impronta actoral femenina con que la obra nos deleita, el justo y excelente trabajo de grandes actores como; Dardo Delgado (Oliver), Rodolfo da Costa (Robert), Marcos Flack (Mihael) y Claudio Lachowicz (Tin).

Ya lo dice la propia Mía: “veinticinco años es mucho, es mucho, un cuarto de siglo”. Por tal motivo, aquellos que atravesamos el cuarto de siglo, y quienes a él se aproximen, pueden encontrar con toda seguridad en Mi hijo sólo camina más lento, una alerta a ser salvados de una vida que se nos escapa por caminar demasiado deprisa.

Federico Sosa