Manada: una militancia sostenida en el tiempo

 

 

 

 

 

Llegamos a la Sala Verdi para entrevistar a Martín Inthamoussú, quien estaba con parte del equipo de Manada: Matías Tchomikian, Christian Moyano y Emiliano D’Agostino Duarte. Dialogamos con avidez sobre la obra y su contexto: danza contemporánea, diversidad, relaciones de poder, burocracia y masculinidad fueron algunas de las temáticas mencionadas en la previa de la última función de Manada en el FIDAE.

¿Cómo se vinculan con el mes de la diversidad?

-No nos vinculamos, la obra no fue organizada ni pensada para que esté en diálogo con el mes de la diversidad.

¿Individualmente?

-Creo que todos somos muy diferentes, quizás podés ver que el vínculo se da de una forma más militante por este mes, pero después siento que hay, por lo que pasa en Manada y lo que venimos haciendo en la gira en el interior, una militancia sostenida en el tiempo que no es por el mes sino porque es Manada. El mensaje que lleva y la experiencia que hemos tenido al dialogar con el público. Me parecería falso hacer la obra porque ahora es el mes de la diversidad.

¿Qué experiencias nos podrían contar del diálogo con el público en el interior del país?

-Hay de todo pero no puedo separarme del patinador. En Minas nos pasó que un chico nos decía que quería ser patinador y había tenido toda esta carga pseudo moral y social. También otro que levantó la mano y le preguntó al elenco si a ellos también les habían hecho bullying en la escuela.

Suponiendo que Manada permanece en cartelera aquí en Montevideo y las funciones se llenan de estudiantes de escuelas y liceos: ¿Qué reflexión te gustaría generar junto a los jóvenes?

-¿Qué me gustaría que pasara? Me gustaría que más niños vean esto, pero también que más padres, maestros y responsables de esos niños lo vieran y lo tomáramos como una plataforma para conversar sobre estos temas. Para que te hagas una idea; la discusión, el conversatorio y las charlas luego de la función con el público a veces llegaban a durar lo mismo que la función o un poco más, y la participación de Vale (Valentín Ibarburu) en la obra es muy importante para que los chicos vean a otro niño hablando. Me encantaría que Manada llegara a más jóvenes, por ejemplo en Minas asistió todo el bachillerato artístico del liceo de enfrente. Allí una chica nos contó que la obra le había removido muchas cosas y se nos definió a sí misma como “la diferente de Minas”. Nos dijo que vio la obra y le dio el coraje para decir, “¿por qué no?”.

¿Podemos decir que Manada ha trascendido completamente la escena?

-En eso también se juega mi postura como creador y creo compartirla con todos los bailarines. Si la obra termina donde termina el escenario, no valió la pena. No quiero decir que algo que sea mero entretenimiento esté mal, yo consumo cosas que son sólo entretenimiento, pero lo que deseo hacer en el escenario es otra cosa. De hecho a mí me da mucha gracia que en la página del FIDAE, donde ponen categorías, nos pongan autoficción. Nadie dijo que la obra es autoficción. Es cierto que trabajamos sobre las historias de los bailarines y mi percepción sobre las historias de ellos y las que Gabriel Calderón tuvo sobre lo que ellos escribieron. Yo quiero que salgas de la sala y no digas “¿dónde como la pizza?”.

Pensando en la idea de cuerpo como construcción social y no natural, queríamos saber cómo trabajaron la idea del cuerpo en relación a su construcción ficcional.

-Lo que ellos trabajan son personajes totalmente ficcionados, a partir de eso aparece el cuerpo de la ficción, están en el borde entre la persona y lo que se representa en escena.  Ahí aparece un nuevo mundo pero siguen siendo ellos, hay como un border ahí. La pregunta era sencilla: “¿Cuál fue la primera vez que vos hiciste algo para encajar en el rol masculino?”.

Ustedes van a estar en México en un par de semanas, ¿piensan que la obra vista en el exterior pueda representarnos de alguna manera como un país que ha roto ciertas barreras tomando en cuenta las políticas de género?

-Me parece un poco ambicioso decir que Manada representa a esta sociedad. Sí representa a estas seis personas que formamos parte de una sociedad, pero creo que sería muy soberbio llegar a México y decir “venimos en representación de la sociedad uruguaya”. A mí me interesa mucho más el experimento social que va a suceder en México, porque además vamos a trabajar con un niño mexicano. La idea es que en cada ciudad, elijamos un niño del lugar y eso va a salir de un taller que vamos a hacer con niños. Esa construcción y ese diálogo me interesan mucho.

¿Cómo te vinculas con los lugares de poder hegemónicos, tanto desde el lugar que ocupás como artista, como los cargos en cultura?

-Estamos tratando el tema de género, entonces llevado a las relaciones de poder, no hay un diálogo, especialmente en Uruguay está complicado. Vengo de tener una conversación sobre este tema, sobre las mujeres directoras o los hombres directores y me parece que hay un gran camino por transitar.

¿Podrías contarnos cómo es tu experiencia en el Sodre?

-En el Sodre, por ejemplo, tenés una estructura que construye una organización, pero que no debería tener que ver con el género. Yo siento que hay un statement, un discurso hegemónico que tenemos hacia afuera y no replicamos hacia adentro. Yo planteo hablar de por qué tenemos que ser el hombre que dice la sociedad, pero también para construir un montón de cosas, se necesita una organización con jerarquías. Yo no estoy en contra de las jerarquías porque estarlo sería decir que soy anarquista, estoy a favor de que existan y creo que dan un orden a la sociedad en la que vivimos. Ahora, que ese orden implique pasar por arriba los derechos de otros es complicado. En ese sentido, sí creo que tenemos mucho por trabajar. No es que yo venga a decirte lo que tenés que hacer, es poder organizar esto para que todos vivamos armónicamente.

¿Y en cuanto al género y las relaciones de poder a nivel estatal?

-Con todo el tema que están hablando de si María Riccetto es directora o no es directora del Ballet, nos dábamos cuenta que nunca hubo en Uruguay una mujer directora del ballet, y lo tenemos asumido, nadie nunca cuestionó eso. Es como cuando llegó Ligia Amadio a la dirección de la Filarmónica de Montevideo. Ponerse al frente de una orquesta, que es un cargo masculino históricamente, y de pronto viene una mujer y es como, ¿por qué me tengo que poner de tal manera si soy mujer? Y ahora nadie se lo está cuestionando con esto de María (Riccetto), más allá de cómo está manejando toda la información la prensa. Claramente hay un tema de género. Como cuando a Mariana Percovich la nombran directora de cultura. Nunca hubo una directora de cultura en la Dirección Nacional de Cultura, no recuerdo, tuvimos ministras, pero en los cargos de dirección no recuerdo, ahora en la Dirección de Educación está Rosita Ángelo, pero antes estaba José Pedro Mir y todo el equipo eran hombres. Los hombres que ocupan esos cargos siguen el modelo masculino que tienen que seguir y si sos mujer también tenés que seguirlo. Creo que ahí hay dos conversaciones diferentes, una sobre las jerarquías en la organización y otra es cómo se usan esas jerarquías y cómo dialogan en la sociedad en la que vivimos. Yo considero que el organigrama del funcionamiento burocrático es vetusto, porque la sociedad va por otro lado.

¿Cómo te desenvolvés desde la intimidad, en relación a la masculinidad que está en el contexto de esos espacios, y qué luchas tuviste que generar o a quién defender?

-En la escuela del Sodre, el equipo de dirección que armé son todas mujeres. Yo tengo la sensación de que las mujeres tienen otro punto de vista al que no vamos a poder llegar los hombres, y que los hombres tenemos una forma de ver las cosas que las mujeres no van a ver de esa manera. Entonces, se trata de buscar lo equitativo a partir de ese cruce y encontrar un lugar común. En relación a la lucha, la coordinadora de folklore es una mujer trans, hay un coordinador de ballet, una coordinadora de danza contemporánea y una coordinadora de arte lírico que es muy mayor en diferencia de edad con los otros coordinadores. Ese diálogo horizontal entre todos es súper rico, nadie piensa igual en esas reuniones, esa es la pequeña lucha que asumo en mi contexto.

¿Cómo pensás que se puede ahondar en esa lucha?

– Si los coordinadores replican el diálogo horizontal en sus escuelas y los alumnos con sus alumnos, es como una onda expansiva, como lo que nos sucede con Manada cuando va al interior. Si el chico, el patinador, comenzó a patinar al otro día o el nene que hacía ballet, si uno se animó, para mí ya está. Es un granito de arena, tampoco vamos a cambiar el mundo. No somos iluminados. Sin embargo, me siento muy privilegiado con que tengamos la oportunidad de decir y hacer esto.

Por Inés Durán  y Federico Sosa Priero