“Hello people! Are you comfortable?”

Slap and Tickle. Palmadas y cosquillas en español, la canción que cierra el álbum Cool for Cats de la banda británica de New wave Squeeze, palabra utilizada en Inglaterra para referirse a la brutalidad policíaca, como también a un juego sexual. Y a una obra teatral de Liz Aggiss, quien es una inglesa tildada por los medios como una anárquica, inconformista, indómita. “Nacida en una era en la que los niños eran vistos más no oídos, Liz nunca supo qué quería hacer. Solo sabía que quería ser vista y oída” reza la biografía en su página web. Esta obra fue presentada en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís el pasado Sábado y Domingo 26 y 27 de Mayo.

A sala llena comenzó la obra, el escenario a oscuras, con nada más que un micrófono sobre el lado izquierdo. “Hello people! Are you comfortable?” se escuchaba y traducía luego en la pantalla. Desde la diagonal derecha llegó la protagonista. Liz Aggis, en un vestido exagerado que denotaba gala, un soporte en la cabeza que le tapaba toda la cara, un zapato de taco, solo uno, en el pie derecho. Recorrió la diagonal mostrando solo su zapato por el tajo pronunciado del vestido. Y un muñeco de trapo, que mostró y tiró despreciativamente. De esta forma extravagante comenzaba el show que nadie parecía entender. Pronto realizó un baile de Grotesque Dance, un conjunto de movimientos cuadrados, fijos, piernas cerradas, piernas abiertas, brazos quebrados, brazos estirados, figuras formadas una tras otra al ritmo de la música.

Podría compararla, si me apuran, con Violencia Rivas (personaje de Diego Capusotto). Una mujer que va con todo, que lo dice todo, da cuenta de su sexualidad, sobre su rol de mujer en la sociedad, en la pareja, en la casa. Lo femenino en todos sus ámbitos, la niñez, la juventud, la vejez, la maternidad desde todos los puntos de vista. Liz se mostraba como una niña que no sabe si será una perra en celo o todo lo contrario, si tendrá éxito o no, si será amada o será una chica golpeada, si algún día conseguirá a alguien o solo será una solterona. Una mujer madre que no quiere serlo, que no cuida de sus hijos, que no sabe qué hacer, que no tiene respuestas a las inquietudes de su niña y solo responde:

“Que será, será

Whatever wil be, will be

The future’s not ours to see

Que sera, sera

What will be; will be”

Tema de Jay Livingston y Ray Evans.

También encarna a una señora mayor jubilada, qué lugar debe ocupar, cómo debe comportarse según la sociedad, en contraposición de lo que quiere hacer. Una infinidad de tabúes sobre la mujer se desarrollan en tres actos, donde siempre Liz dice “Vengan todos ¡Tengamos una fiesta!”. Como si no necesitamos pensar, cómo si no existiera el tiempo ni el lugar para ello. Al modo de Jacqueline Kennedy: todo podemos arreglar con una fiesta.

 

La variedad de escenas está unida por una voz en off que dice: “Hello People! Are you comfortable?” Durante los primeros 20 minutos de la obra se respira un clima de tensión, de extrañeza, de aire pesado a mala historia, a suburbio y también a cabaret, a señora de alta sociedad. Que se disipan en el tercer y último acto. Los cambios de vestuario son frecuentes, el vestido dorado, un conjunto de aparente ropa interior/traje de circo de 1900, un traje de dama inglesa, un poncho rojo y otro conjunto dorado de brillos para terminar con un sexy y sugerente delantal, que dejaba su cuerpo al descubierto en la parte trasera. Mientras que cada uno de ellos nos llevaba por varios de los puntos que la autora decide exprimir, con formas corporales, objetos que saca de su atuendo, de sus pechos, de su ropa interior (víboras, pelotas, algodón, pelos), muñecos de trapo y de pasta, con la música de fondo, con el monólogo, que si fuera solo eso, solo palabra impactaría de igual manera. Porque su discurso se acompaña de la expresión, donde se elabora una abstracción, que llevan a infinitud de situaciones en las que el público también es partícipe. En el momento de cambio de vestuario nos entretiene la voz en off. El humo de la sala, que era real, envolvía y de repente éramos niños participantes de juegos propuestos por una aparente animadora de niños (la voz en off), que se excitaba con las instrucciones de las actividades a medida que avanzaba el juego. Tuvimos objetos envueltos en varias capas de papel de regalo, que cuando llegó la última se develaron: artículos de cotillón y franelas con un pene bordado. En otra ocasión el público se vio rodeado de globos largos.

El humor estuvo presente, el público de señoras muchas veces largaba carcajadas de nerviosismo y aceptación de lo representado. Un humor sarcástico que dejaba algo para pensar después, para que se te presente el recuerdo de la obra cuando estés en lo cotidiano. Porque se partía de allí, de la ingenuidad de la infancia, de lo permeable que se es en ese momento, de los trastornos de la adolescencia, de la adultez y la sociedad que te empuja a “tu lugar”, y si eres mujer más, al lugar de sirvienta. Generar incomodidad para proponer cambio y reflexión.