Entre La forma y el fondo

Confieso que no soy un asiduo consumidor de la comedia dentro de las artes escénicas. Tal vez porque tengo el prejuicio medianamente fundado, de que es un área un tanto bastardeada y donde no se le dedica la misma energía creativa que en otros géneros. Pareciera como que hacer reír con cualquier recurso fuera válido. Podrá serlo, pero de ello no me interesa formar parte. Lo cierto es que en Smiley, una historia de amor, la obra dirigida por Vika Fleitas, basada en el texto del catalán Guillem Clua, es justamente lo opuesto: una comedia romántica donde el humor es el recurso esencial y el medio para hacernos entender otros mundos.

Al llegar a la sala lo primero que se genera en el público es una sensación de extrañeza, de no saber si se está en tiempo y forma: es que desde que se ingresa, el escenario es un lugar lleno de acción. Los focos de una intensidad implacable nos apuntan. Bajo una leve atmósfera de penumbra Alex, interpretado por Cristian Amacoria, se mueve por las instalaciones austeras de lo que luego se dará a conocer como El bar de Vero. Una barra rectangular, apenas sostenida por una estructura de metal delgado, pero no por eso menos resistente, es puesta a punto por el musculoso barman de rizos plenamente negros. Con su atuendo informal de noche, canchero y, ante todo, ajustado para marcar su cuerpo, cumple su función al ritmo de los hits de la noche de los ochenta.

Lo que hace vibrar a Alex son algunos clásicos de pop, pero sobre todo del rock. No evita que la pasión lo desborde, y lo que normalmente era un tarareo sutil y regulado se transforme en alucinantes gritos de “Don’t you want me, baby? Don’t you want me, ohh?”

Este recurso de generar un pre-comienzo parece estar de moda últimamente en las producciones teatrales, sobre todo en espectáculos con aforo pequeño. Resulta una elección adecuada para esta ocasión, siendo un generador de sensaciones; es más, parece ser un mensaje directo al público: ésta es una historia que comenzó antes de que usted llegara a la sala, tenga eso presente y siéntase invitado a participar, en breves minutos será develada.

Luego de infructíferos intentos de contactar con su amor (ya no correspondido por cierto) a través de todas las redes sociales, el protagonista intenta su última opción: el teléfono de línea. El viejo aparato hasta entonces olvidado se convierte en un aliado. Hablarle al pasado, con una invención del pasado. Sus músculos de mármol griego no son suficientemente fuertes para soportar la neurosis y la fragilidad emocional que aparece como una catarata incontrolable de reclamos y enfados que va registrando la grabadora automática. Es un monólogo un tanto largo, que abusa de palabras groseras para marcar la exaltación del mensaje y el carácter del personaje.

Entonces aparece Bruno, llevado a las tablas por Nicolás Pereyra, arquetipo totalmente antiético: de complexión pequeña, arquitecto, donde todo su esfuerzo cotidiano se encuentra en la capacidad de generar conexiones neuronales, y no de levantar pesas. Cinéfilo empedernido, inseguro serial, es él quien fruto del error, recepciona el mensaje de Alex. En realidad serán cinco los mensajes recibidos, ya que las cataratas realmente eran absolutamente caudalosas, y la máquina contestadora lo dividió en trozos.

¿Qué hacer en estos casos, cuando recibimos mensajes equivocados? ¿Permitimos que se pierdan en la historia y que nadie se entere del error, o tratamos de hacer algo? ¿Es nuestra responsabilidad? Bruno cree que sí, que algo hay que hacer. Es aquí donde comienza una divertida historia entre dos desconocidos que, tienen solo una cosa en común: son los hombres los que los calientan, y ambos están solos.

A nadie sorprende que los gustos, los vínculos y hasta las formas en que nos relacionamos con nuestros afectos están condicionados por nuestra manera de vivir lo sexual. La obra hace foco justamente en esta condicionante tan fuerte y estructurante de los protagonistas. Tratando de no caer en estereotipos básicos y pobres, genera momentos disruptivos y de aclaraciones explícitas que provocan pausas en el devenir de la escena: temas como las formas digital de levante, el uso de drogas para facilitar la penetración y hasta especificidades en lenguaje preciso de la “comunidad”.

No hay que dejar de destacar que es una manera innovadora de resolverlo. La denominada “cuarta pared” es aniquilada con estos recursos. Además, ambos tienen varios momentos de contacto con el público, desde saltar del escenario para subir hasta una localidad vacía y continuar el guión desde allí, hasta mirar en primera línea a los ojos de un espectador y consultar por su opinión, con ojos notoriamente emocionados.

El amor, la soledad, la búsqueda de alguien que nos acompañe en esta vida llena de dudas son problemas que nos caracterizan como seres humanos, que se repiten a lo largo del tiempo y las generaciones, en cualquier sociedad y contexto. Que sea esta pareja de dos hombres la que está sufriendo y gozando sobre el escenario contribuye a que el espectador saque el foco sobre el tipo de pareja que ve, y se movilice con el devenir de la historia, con la humanidad que se encuentra sobre las tablas. La utilización primero de la forma particular que rompe la normalidad (en este caso heteronormativa) qse diluye con el desenlace, y da paso al fondo, que es lo que verdaderamente interesa.

Esta pieza teatral se mete de lleno en una nueva modalidad de esta época de redes sociales: el levante por aplicación. Ya no son esos antiguos sitios webs de citas, donde trabajosamente se conectaban dos almas solitarias por algunos gustos en común. Al decir de Alex ahora es muy sencillo: “Si estás caliente podés abrir Grindr y buscar alguien cerca tuyo, y listo, descargas”. Pero, ¿cómo nos afecta tener un catálogo de personas 24/7, a las que podemos elegir, repletos de filtros previos tan sofisticados que disminuyen el margen de error de manera de encontrar elementos lo más parecidos a nosotros?¿No tenemos suficiente ya con nosotros mismos para buscar a alguien que sea nuestra fiel imagen y semejanza? ¿Qué sucede con el azar y las casualidades mientras en las noches miramos nuestras pantallas con brillo a tope? ¿No estamos todo el tiempo siendo acompañados en una aguda soledad?

Estos debates, tópicos tan cotidianos como profundos, se encuentran transversalizados en todos los actos de la obra, y son eficazmente amortiguados por el humor. Sin dudas Smiley, sin tener la necesidad de explicitar algunas de estas cuestiones, nos anima a abrir algunas interrogantes sobre estos momentos que nos tocan vivir.

Precios para este espectáculo:

General: $350.

Club El País, La Diaria, estudiantes Emad, y Friendlymap: 2 x $370.

Socios SUA: 20% de descuento.

Cupo Tarjeta Montevideo Libre.

FICHA TÉCNICA:

Adaptación y dirección  Vika Fleitas Campamar

Elenco: Cristian Amacoria, como Alex, y Nicolás Pereyra Aristimuño como Bruno.

Asistencia de dirección: Valeria Piriz

Escenografía: Irene Sierra

Iluminación: Ana Paula Segundo

Vestuario: Analía Valerio

Diseño de sonido: Francesca Crossa

Diseño gráfico: Vika Fleitas Campamar

Traspunte: Leo Sosa

Comunicación & Prensa: Valeria Piana

Producción general: Vika Fleitas Campamar