En la crisis de la muerte está el sentido

La maestra María no encuentra sentido a su vida. Entonces, se lo quiere encontrar a su muerte, y como quien se encuentra en esa situación suele decir verdades, la maestra confiesa que en su vida: ordenada, educada y cinéfila, no ha experimentado nunca un orgasmo.

Las necesidades de María, quien es madre y maestra, de un pequeño pueblo del interior de Buenos Aires, parecen estar abastecidas: su casa es hermosa y su hija educada. Pero ahora que su muerte llega en sangre enferma, se hace amiga de Lili, la gorda del videoclub, una punki con el corazón tapizado en cuero, quien le recomienda una película porno feminista.

Una porno erótica, con un actor que se le reconocía por su potente potenciación de estar potentemente potentenciado en pene, le devuelve el último suspiro. Su deseo estaba reprimido, porque sus prioridades se ordenaban en función a su contexto, porque una madre y una maestra fundan su compartamiento a partir de la necesidad. Entonces, cuando conecta con el erotismo de una pornografía feminista, se encuentra con las posibilidades de su sexualidad, que parecía estar más que en el closet, en la alacena, o en un mueble donde guardaba las películas.

“¡Hacer una película porno feminista para masturbaste y llorar a mares!”

Lili, quien atendía el videoclub, como buena amiga acompaña hasta la muerte a María, quien le concede y produce su deseo: hacer una película porno erótica con Gino Potente: el actor potenciado en pene.

Mientras María y Lili producen su propia película y esperan la muerte, encuentran en esa espera el sentido que le faltó a la maestra en su vida. Sin embargo, hay un sentido bien claro y delimitado en el desarrollo de toda la obra. Cada interpretación, cada diálogo, cada efecto sonoro y lumínico le proporciona a la obra un sentido de sucesión de acontecimientos cotidianos que tienen un principio y un fin, como cualquier fenómeno natural que implique un desarrollo. Generando mediante las luces una estructura de fotograma. Entonces, la obra se ve completamente atravesada por el cine. En su temática y en su puesta escénica. Un parpadeo cambia las escenas, no hay cámaras ni pantalla, pero esa sucesión bien delimitada por un principio y un final en cada escena, en donde al final se apaga la luz e inmediatamente se prende para dar lugar a la próxima, le da una dinámica temporal similar a la del cine; que transcurre con un tiempo delimitado entre escena y escena y una estructura clara de principio y final.  

La cuarta pared se ve claramente pero parece una pantalla que es quebrada por la frescura y espontaneidad de los actores, que se ven allí junto a nosotros, quienes estamos atentos y exhaustos, compartiendo el absurdo sentido de la vida camino a la muerte.

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