“El teatro es lo más antinatural del mundo”

Entrevista a Isabel Ordaz

Una actriz de carácter masivo en España por su participación en comedias de televisión como Aquí no hay quien viva, La que se avecina o la premiada película Chevrolet, nos visitó en el marco del Fidae dando paso a su reciente papel en la obra He nacido para verte sonreír.

En el hall de un hotel céntrico, nos encontramos con esta actriz y escritora madrilense que protagoniza junto a Nacho Sánchez la última obra del director argentino Pablo Messiez, donde se afronta el vínculo entre una madre y los últimos momentos de su hijo antes de ser internado en un hospital psiquiátrico.

– ¿Cómo se ha dado tu contacto con Uruguay?

Bueno, estuve hace cuatro años con una obra de Rafael Spregelburd que se llamaba Lúcido y presentamos en el Teatro Solís. En aquella oportu

nidad estuvimos una semana y ahora de vuelta, encantada de regresar, en mi segunda vez. Tengo una gran admiración por cómo abraza la cultura el público uruguayo. Más allá de que supongo que es un país de claroscuros como sucede en todos lados, pero me llama la atención como los políticos acuden a los eventos culturales, tengo la sensación de que la gente observa, escucha está atenta a lo que sucede con la cultura.

– Luego de ver la obra me pregunto ¿Cómo se elabora un personaje de esta índole y cómo se entra y se sale de cada función?

Todo toca y más en una obra como He nacido para verte sonreír que roza muchas zonas oscuras, donde una tiene que elegir hasta dónde va, porque estamos hablando de arte. El arte no es la verdad, es una construcción. Soy una firme defensora de que la verdad y el arte son dos cosas distintas, y definir la verdad sería para siete simposios. Así que en esto, entra esta cuestión de que el teatro es lo más antinatural del mundo. Otra cosa es el mérito de la verosimilitud eso es absolutamente irrenunciable tiene que ser verosímil, pero para eso está el arte, para hacer creer que eres lo que no eres. Forma parte de esa sagrada mentira: una sagrada ficción.

El proceso fue muy lento, muy hermoso y tranquilo, porque Pablo Messiez es un director extraordinario, te lleva de la mano de una manera muy amorosa, muy libre, aunque tiene sus decisiones, por supuesto. Pero no está ahormado, él co-trabaja contigo, te acepta lo que propones y te maneja, pero no te impone.

Cuando salgo de la función puedo decir que salgo agotada emocionalmente, me cuesta un poco recuperar, porque hay una fractura en el personaje. No llega a ser tragedia porque no hay muerte, pero el drama es sólido. Al mismo tiempo, es muy rico de visitar. Los cambios bruscos, posicionarte en zonas que todavía no sabes qué son, adentrarte al misterio del personaje, es muy inquietante y desafiante. En puntos donde dice por ejemplo: “yo de pequeña me sentía sucia, necesitaba refregarme. Me frotaba el jabón“, mi mente , a pesar del esfuerzo de recordar el texto, se va a zonas que a lo mejor digo “¡shhh!”, porque sino no puedes seguir. Abriría otra trama.

En este sentido, Pablo lo hizo muy bien, sentó las bases en dos pilares muy fuertes: la necesidad de saber y el tiempo. Ambos están muy presentes en el escenario. También, esa última esperanza que todas las madres del mundo tienen en su reservorio para salvar a su hijo. Esas líneas, son muy férreas sino sería un monólogo. La palabra a veces puede ser asfixiante, porque la madre habla mucho y el hijo no habla nada. Sé, porque me lo ha dicho mucha gente, que eso produce un plus de inquietud en el espectador: “¿no va a hablar?”, “no la soporto a la madre que se calle” y, cuando se calla: un abismo de silencio, que la madre vive. Nadie la escucha, nadie la mira.

Como espectador uno se pregunta si la enfermedad del hijo, será solo del hijo cuando él no esté ¿Qué pasará con la madre? Porque igual no está, pero aparece, la escucha y tiene una presencia muy fuerte.

Esa presencia es la que teme perder la madre, aunque no hay una escucha real porque está ido. Eso es lo que teme la madre, por eso en un momento dice: “qué vamos a hacer tu padre y yo cuando volvamos a casa, aquí solos, en el dormitorio solos, silencio, silencio, silencio“. El hijo es silencio pero es presencia.

¿Cuál es la relación que le encontrás a He nacido para verte sonreír con la realidad? ¿Qué nos podrías decir acerca de esto y el contacto con el público?

¡Ah la realidad! ¡Dios mío! Inabarcable realidad. El efecto que se genera en el público es curioso. Supongo que se da la concomitancia de varios factores como sucede en todas las situaciones de la existencia, pero leyendo el texto de Santiago Loza (autor de la obra), te das cuenta de que es una partitura bastante estricta, que tiene una vocación literaria interesante. Tiene un ritmo y una puntuación que obliga a la actriz a respetar, aunque es muy generoso y te dice: “bueno, sáltate la puntuación, y si quieres decir otra palabra no pasa nada”. No es neurótico con su texto. Así nos lo dijo en Madrid cuando estuvo. La obra tiene una música interior, una partitura interior que obliga a un determinado decir y, al mismo tiempo, transmite muchísima emocionalidad. Aunque tú te tienes que ajustar a esa escritura que además es la idiosincrasia, lo que le da el vuelo poética a la obra (aumentado por la puesta en escena de Pablo Mezzies que es muy poética también); pero por otro lado hay un vector emocional altísimo que está en juego y que tiene que ver con el drama real, ese drama real es el de ésta madre que tiene que despedirse de un hijo, que no comprende nada, que vive sola y un poco aislada del mundo en ese universo doméstico que es su propia cocina podríamos decir que transcurre durante los años 50 aproximadamente aunque no se especifique en la obra. Todo eso junto con la presencia del hijo, con esa presencia rota, torturada de la enfermedad mental; que tiene que ser para el espectador un choque muy brutal de alguna manera; porque no se establece una teoría política sobre lo que tiene que ser o no, acerca de las relaciones humanas, sino que cuenta el drama humano de dos personajes, madre e hijo. Un clásico melodrama que de algún modo al ser arquetipos llegan a todo el mundo.

Esa realidad efectivamente es inabarcable. ¿Qué es la realidad? La realidad de la madre o la realidad del hijo, pero más allá de definir conceptualmente qué es la realidad, lo que hallamos en la obra es un desgarro, que para una madre siempre es la enfermedad de un hijo.

En agosto de este año en Uruguay se aprobó una nueva ley de salud mental, que tiene que ver justamente con descentralizar los hospitales psiquiátricos y la internación de los pacientes a los hospitales generales, se prevé que para el 2025, esto pueda estar completamente realizado, y lograr ese nuevo orden.

¿Cómo se vive esto en España? ¿De alguna forma la obra te acercó algún planteo de esta índole?

Primero contextualizamos mucho en una época, si os acordáis la madre tiene un discurso que no tendría una mujer contemporáne. Además, comentado por Santiago, no se especifica el tipo de enfermedad mental, porque el actor y el director han compuesto en el caso del hijo un personaje que está a medio camino entre un padecimiento físico que podría ser quizás psicomotriz y, por otro lado, podría tener algún tipo de enfermedad. Se alude a los libros en un momento como causa de la pérdida del norte o de la irrealidad por parte del hijo. Se tocan todos los tópicos generacionales, que en un momento determinado una madre puede tener con respecto a un hijo. Una madre de clase media standard, no muy ilustrada, aunque ella diga que sí lo está. Pero lo que quiero decir, es que creo que hay una intención en el autor, al no especificar el tipo de enfermedad, no quería focalizar el síntoma por el síntoma, sino que le interesaba como lectura metafórica también la incomunicación, por encima de todo. Más allá del problema real de cuidado de un enfermo. Yo lo que subrayaría es que habla de incomunicación, incomunicación intergeneracional, para una madre que siempre quiere que le hable y el hijo nunca habla. De todos modos no hace falta que tenga una enfermedad mental, es que los hijos no hablan con las madres.

Creo que tiene esa lectura también, evidentemente, como es el tipo de madre que es Miriam, supongo, que ante un posible diagnóstico, una posible solución de internación domiciliaria o clínica, ella optaría por domiciliaria, porque es una mujer que ama salvajemente a ese hijo.

Respecto a tu pregunta: legislar sobre eso hay que hacerlo, pero hay que dejar un pequeño resquicio a la opción personal. Por un lado, el Estado se tiene que hacer cargo de la parte civil y política en el cuidado de los ciudadanos, sobre todo en casos extremos. Por otro lado, una madre tiene el derecho de cuidar a su hijo en casa. Lo que sí creo totalmente es que la enfermedad mental, tiene una especie de lacra moral o social, que mancha aún más y problematiza aún más el conflicto. En eso sí que tiene que haber, una campaña o una especie de voluntad política, de limpiar esa enfermedad, que es una enfermedad como otra cualquiera como se ha limpiado la imagen de los heroinómanos, que es una enfermedad, más allá de un vicio o un estigma.

Insisto de todas formas en que la obra propone más allá de lo políticamente correcto a la hora de legislar, o no, sino del drama humano que supone este tema.

– Con respecto a esto de cómo vivís el personaje, hay una entrevista del autor, donde dice que para escribir repara en dolores personales ¿Vos sentís que al encarnar esos personajes, se puede llegar a recuperar algunas zonas de dolor propias?

Bueno, él sufrió un proceso de encapsulamiento en un momento determinado, y es de donde sale un poco esta obra. Tuvo una crisis de silencio y apartamiento. Es curioso, por otro lado, cómo se mete en el universo femenino. Yo lo vivo muy bien. Lo podría haber escrito una mujer, porque conoce muy bien el universo femenino.

En cuanto a mí, yo no soy madre y no necesito ser madre para encarnar este personaje. Cuando el personaje está lejos, me gusta. Los personajes demasiado cercanos me asustan. Cuando el personaje está muy cercano a mí, me inquieta mucho. Bueno, lo he trabajado también pero siempre con mucho cuidado porque el teatro es tremendamente peligroso, es un oficio de peligro, te expones mucho emocionalmente, físicamente y psicológicamente. Yo trato de tener un equilibrio, una sanidad mental muy fuerte. Trato de cuidarme en este aspecto, porque encarnas procesos muy duros. Por eso una de las cosas que trabajo con este personaje es: “le voy a salvar, le voy a salvar“.

¿Qué le dirías a Miriam (el personaje de la obra)?

Yo le tengo mucho amor a Miriam. No soy capaz de hacer una autocrítica. Creo y por eso insisto en que uno de los elementos principales a los que alude el texto es la herencia. Por lo que deja entrever esta mujer ha venido de tener una madre autoritaria, mucha censura, viene de una educación sexual muy concreta, una relación amor odio con el cuerpo muy brutal y hay algo oscuro siempre en todo lo que tiene que ver con el sexo. Eso está heredado, forma parte de un contexto histórico, de un momento generacional, ese ocultamiento.

Yo la amo. Me gustaría que renaciera en otra generación y que fuese una hippie en el 68, que se fuera a la india o que follara con todo el mundo. Miriam necesita una reencarnación que la restaure de esa vida tan doméstica y tan excluyente. Le diría vente aquí y date una fiesta. Entonces, aparece lo de la herencia nuevamente, creo que no solo somos origen sino que también destino y que depende de cada uno quedarse amarrado o emprender el camino de tu propia vida, con tus propias responsabilidades, tus propios riesgos y oportunidades. Eso es lo que Miriam no hace porque a veces no se tiene la fuerza para hacerlo. Creo que es una mujer herida con un pasado oscuro y eso ya es difícil de levantar, pero eso ya es de mi cosecha no es de Santiago Loza.

Matías Fuentes y Mikaela Echeverría