El flamenco como antídoto para la tristeza

El flamenco, un estilo musical surgido en Andalucía (España) en el siglo XVIII, tiene tres facetas que lo conforman: el cante, el toque y el baile. Se podría decir que, al igual que el tango y el blues, su sonido está basado en la melancolía, y a través de la música y el baile sus protagonistas buscan despegarse y dejar salir el dolor a la vez que transforman sus sentimientos en música.

La búsqueda que plantea el flamenco se pudo comprobar en Ser, el espectáculo de la Compañía Flamenca Dayana González que se presentó el viernes 13 de abril en la sala Hugo Balzo del Sodre. Durante una hora y media, los espectadores fueron testigos y participaron en una especie de ritual en el que música y baile se conjugaron para funcionar como un escape al dolor y la tristeza que dominaba el color negro en la mayor parte de la sala. El lugar estaba casi a oscuras, y el telón y los nueve protagonistas utilizaban el mismo color, por lo que si no fuese por sus caras blancas y sus manos que aplaudían sin parar, podrían haberse camuflado perfectamente entre el color de luto. Sin embargo, un tercio del escenario estaba ocupado por un telón blanco, que combinaba con un vestido del mismo color que estaba listo para ser utilizado. En la penumbra también se podía distinguir un espejo, una silla y un marco de puerta que separa los distintos estados de ánimo.

A lo largo del ritual musical, la bailarina y directora de la compañía, Dayana González, estuvo en el centro; mientras que en un extremo la rodeaba el público (que en las primeras filas estaba a nivel del escenario) y en el otro, los músicos.  A lo largo del recital se pudo experimentar varios momentos de intensidad en los que el ambiente provocado por la música y el baile se relacionaba con los rituales africanos, donde una comunidad se comunica y busca exorcizar sus problemas a través de una fiesta musical que persigue la euforia.

La bailarina se muestra con un vestido negro que le llega hasta los pies, y que deja ver los tacos con los que bailó sin descanso durante toda la noche, lo único que rompe con la monocromía de su atuendo y de su pelo negro es la rosa roja que en su pelo, que por más de que baile sin descanso, no sucumbió en ningún momento. A medida que los aplausos y la música la acompañaron, González zapateaba casi con violencia al ritmo de la música, como si quisiera trasladar su tristeza al suelo y así liberarse de ella. La tristeza se nota en su rostro, que se ve adivina cada vez que mira al público con una mirada perdida que pide consuelo a gritos, a la vez que la concentración la domina.  Su baile está apoyado en la música, en los aplausos, el canto y los gritos de los músicos (“¡Vamos!”, “¡Olé!”, “¡Sí!”), que celebran y refuerzan cada movimiento de la bailarina a la vez que la alientan a aumentar la intensidad de sus pasos.

Otra relación con la cultura africana y sus rituales se pudo encontrar en el percusionista de la compañía, Joaquín Bértola, quien acompañaba y marcaba el ritmo con instrumentos africanos: el djembe, el udu, y el cajón.  A esa base percusiva, que marcaba el ritmo de la música al igual que el corazón marca cada latido, se le sumaba la guitarra española de Maikel Pereyra, quien se encargó de lanzar notas y acordes casi sin pausa y en un permanente crescendo.  Por si fuera poco, la tensión sonora se acrecentaba con los aplausos de los cinco músicos, que marcaban el ritmo para dictar y acompañar cada movimiento de la bailarina.

Luego, tras varios minutos de música instrumental, cada cantante se lanzó con una fragmento de canción y allí pudieron demostrar la excelente capacidad para transmitir sentimientos con su cante al sacar cada nota del fondo de su alma. Generalmente, las letras se dedicaban un amor que termina o reflexionaban sobre la vida y el paso del tiempo. En un breve intermedio creado entre el final de un acto y el comienzo del otro, el baile y la música se pusieron en pausa, y todo ese sonido que llegaba a los oídos se transformó en un silencio tan frágil que la mayoría de los espectadores trataba de amenazar con romperlo.

Al comienzo de un nuevo acto, dos de los cantantes pasaron al costado del escenario y se sentaron al lado de una mesa en dos silla, dando la sensación de que estaban en un bar con una escenografía totalmente minimalista. A medida que comenzaron a crear un patrón rítmico con sus pies golpeando el suelo y sus manos haciendo lo mismo en la mesa, cada uno se tomó un turno para cantar. Como si se tratara de una payada, en la que cada dos personas se enfrentan en una especie de duelo musical, las voces de cada uno parecían competir para ver quién llegaba a las notas más altas y lograba transmitir de manera más efectiva sus sentimientos y sus tristezas. Tras varias pasadas cantando sobre un amor doloroso, ambos terminan cantando a dúo en un canon, donde uno lleva la voz principal y el otro lo imita unos compases más tarde.

Uno de los últimos actos estaba dedicado a la muerte y su aceptación. Allí la tristeza llegó a su punto máximo y dos de las encargadas de los aplausos se acercaron con un velo negro a la bailarina, mientras que ella se acercaba desde el marco de su puerta. Tras quedarse con el velo de las dos en la mano, una de las cantantes parece consolarla y ella se rompe a llorar. Una de las cantantes le dice: “Lo bonito de la vida es tener conciencia de ella / y vivir el día a día sin hacer mal a la tierra”.

Finalmente, tras la aceptación del dolor y la muerte como parte de vida, la música pasa de la tristeza a la alegría, luego de que la aceptación de la muerte y del luto queda en otro lado cuando la bailarina se cambia por el vestido blanco. A partir de ese momento, el tono de la música deja de ser casi amenazante y hay una atmósfera más tranquila, casi de celebración. Algo que se nota en el baile y en la sonrisa de la bailarina, mientras que el público aplaude cada movimiento. Finalmente el ritual funcionó y la música y el baile dejaron atrás la tristeza.