El constructor de espacios

Hugo Millán llegó a la cafetería del Auditorio del Sodre y saludó por el nombre y con un beso a las dos mozas. Llevaba una boina naranja a contrapelo del gris montevideano. Es que él no entiende porque acá la gente se viste tan gris, cuando la ropa habla de uno. “Para que me vean, cuando cruzo la calle”, dijo y se rió. Apoyó la boina sobre la campera que había dejado sobre el suelo. Vino desde la EMAD donde da clases de escenografía, llevaba un buzo que parecía azul marino pero resultó ser un azul particular de los que “no se ven por acá”. Una barba que le recorría el contorno de la boca cayendo, apenas en punta, debajo de la pera y se llevaba constantemente la mano hacia la cara en un reflejo daliniano de arremolinarse el bigote.

Cuando contó que Julio Bocca, ex director del ballet del Sodre, lo fue a buscar para trabajar en La viuda alegre se rió. “Me preguntó si tenía pasaporte y visa americana para viajar a Atlanta a ver la puesta que tenían allá y yo no tenía nada”, dijo. El mercenario -como él se define porque nació en Mercedes- no tenía vínculo con el ballet cuando empezó a trabajar, como tampoco lo tenía con el teatro o el carnaval. Siempre se aproximó por los espacios, los objetos y después fue aprendiendo las convenciones de cada arte. “Julio me daba indicaciones en lo técnico pero después me decía que era mi sueño la escenografía”.

Los padres de Millán trabajaban con las manos, al igual que él. La madre modista y el padre mecánico formaron un hogar práctico, “donde se tocaban las cosas”. En su casa de la niñez todo se explicaba, después de cada pregunta había una explicación. “No soporto cuando a un niño que pregunta qué es le responden: una cosa. No es una cosa hay que explicarle y le queda para siempre”, dijo el docente, que arrancó con una suplencia por su conocimiento en estampados y ahora además de dar clases en la EMAD enseña diseño de indumentaria en la Universidad ORT.

Mi padre es mecánico y no tuvo auto. Nunca quiso, mi madre modista detestaba hacerse ropa. Me pasa lo mismo, mi casa es un deposito, una acumulacion de cosas que van quedando, es caótico.

El único orden que parece haber abajo del escenario es en las camisas. Lava las siete de la semana el mismo día y las ordena, una por una, para cada día hasta el siguiente lavado.

Se recostó apoyando las manos atrás de la espalda, sentado en el piso detrás de la cafetería. Saludó a alguien que pasaba del otro lado del vidrio con un gesto y una sonrisa.

La creación de los objetos es maravillosa. El vestuario es un objeto que se habita, la escenografía es un espacio y la ubicación de los objetos en ese espacio es lo que determina la esencia de la obra, por eso el objeto tiene que ser funcional, no son decorados. Cumplen una función; si no, no existe.

Esto es lo que hace Millán: crear espacios donde pasan cosas más allá de cada objeto que los compone. Descontextualizar los objetos para que puedan ser otras cosas arriba del escenario. “Lo lindo es mentir arriba de las tablas, y para eso hay que conocer los materiales, haber trabajado con ellos”. La relación con los objetos, tocarlos, es esencial para el trabajo. Como una herencia del oficio manual de sus padres; de la misma forma chifla mientras trabaja, al igual que su madre.

La escenografía y el vestuario de El corsario hizo que Millán ganara un premio en los 20th Hong Kong Dance Awards. Una puesta en escena que le criticaron acá, en Montevideo, como también le habían criticado el Lago de los cisnes.

El Corsario fue criticado cromáticamente por la aldea. Es un mundo fantástico no puede ser todo pastel, todo Torres Garcia.

Afirma que con el Lago de los cisnes y luego con El corsario se rompió la convención montevideana de la tonalidad de los colores. El mismo premio que le permitió el reconocimiento en Montevideo, porque nadie es profeta en su tierra, lo obligó a salir de donde le gusta estar: atrás del escenario. Le tuvieron que enseñar a saludar y a recibir flores allí arriba. No le gusta pero le sirve porque “las entrevistas llegan a diferentes lugares y la gente se entera de cosas que no tiene idea”.

No tiene hobbies porque siempre está trabajando. Se vuelve obsesivo, tararea la música del ballet, ese hilo que une toda la obra. Va en el taxi mirando por la ventana y pensando en posibles materiales y construcciones. En un traje que tiene que volver a hacer porque al director no le gustó, la conjunción de todo en un vestuario de lo bello, de lo narrativo, de lo funcional y del costo; y de la voluntad final del director. Volver a hacer lo bello, desarmarlo, hasta que vuelva a ser otra cosa. Porque todo puede ser otra cosa.