Tiempo de fiesta

Esperando en el hall principal a que la obra comenzara, se informó al público que subiese por las escaleras al Salón Dorado de entreactos donde se encontraría con la fiesta: música y vestuario que rápidamente transportaba a los años setenta. Este prólogo fue lo mejor de la obra, creó una conexión personal con los personajes que se mezclaban muy bien con el público, sin invadir, saludando como sería en cualquier evento similar realmente.

Jimmy (Luis Pazos) toma de las manos a algunas personas del público y las mira a los ojos, a lo que algunas gritan, otras se extrañan y apartan, otras se sonrojan y algunas le sonríen con amabilidad. Luego hace que todos se aparten para hacer una voltereta por el escenario, cosa que a Terry (Diego Arbelo) no le agrada, ni a los demás personajes, ya que está resaltando demasiado y opacándolos. La única que sí baila con él es Dusty (Florencia Zabaleta), su hermana, y luego se van ambos. Charlotte (Andrea Davidovicz) y el mozo (Federico Zazpe) murmuran y luego el mozo le pide al público acompañarlo a la sala Zabala Muniz.

Una vez ahí comienza la función.

Las apariencias, los disfraces, las bebidas, las conversaciones y la banalidad, son mostradas por Harold Pinter, dramaturgo de Tiempo de Fiesta. Los momentos de pausa fueron algo genialmente logrado, haciendo foco sobre los personajes, con música más oscura y mostrando los sentimientos verdaderos, desnudando el disfraz de falsa felicidad, común en las fiestas. Su directora, Ana Pañella nos muestra cómo la diversión y alegría no siempre son reales y cómo visto desde afuera es una cosa, pero genuinamente es algo totalmente diferente. Todos esconden algo.

Al final, un soliloquio de Jimmy, que nos deja pensando en cuántas cosas le ocurren a la gente que uno ni se entera, y si se entera, qué poco sabe realmente.

Las luces se apagan y los actores saludan, el público aplaude por costumbre. Todos los personajes salen de escena, excepto Jimmy, que queda como en shock. Los guías abren las puertas de la sala y se escucha un “¿Ya terminó?”. Una muchacha se ríe, incrédula: “¿en serio terminó?”, y un señor me dice: “Al parecer ahora hay que entender códigos teatrales para saber cuándo terminan las obras”. Fue desconcertante que dijeran todo esto con Jimmy aún ahí, el mismo que les había dado la mano al inicio.

No creo que el propósito de la obra radicara ahí, pero el público fue agredido al no entender lo que ocurría, y al ver al actor quedándose ahí hasta que todos se fueran, sin poder hacer nada. Me pregunto qué habrá sentido Pazos al escuchar: “No entendí nada”, “¿Por qué sigue ahí?”, luego de su pequeño e intenso soliloquio, aun encarando el personaje.

Una obra corta con un ritmo muy lento, luego de un enérgico prólogo nos demuestra que estamos demasiado acostumbrados a los crescendos y no sabemos qué hacer ante un diminuendo de energía.  En resumen, momentos muy buenos se perdieron, buenos actores desaprovechados y un público totalmente desorientado.

Fotografía de la Comedia Nacional.

Diana Daniele