Como en casa(2)

Son las 8 de la noche. La Zavala Muniz se encuentra desvestida, despojada de cualquier objeto salvo un teclado, un par de saxos y unos parlantes.  Ramiro Flores (saxo) y Diego Goldztein (piano) son los encargados de que la noche se llene de música. Entran de atrás de una cortina, saludan, se acomodan y comienzan a sonar los primeros acordes. Tocan el primer estándar de la noche y pienso que son muy pocas las ocasiones en que tuve la oportunidad de presenciar un concierto de jazz en una sala. Viene a mi memoria el haber asistido con anterioridad a formatos más chicos e íntimos. O aquella ocasión en la que estar en un recital de Chick Corea en el Teatro de Verano, el año pasado. Creo que es muy bueno encontrar este tipo de música en lugares con más visibilidad como el Teatro Solís, que alberga en mayores ocasiones  música clásica-académica. El jazz genera la sensación de estar envuelto en el disfrute del músico, que a la vez envuelve al que escucha, lo que provoca ganas de moverse, de marcar el ritmo, como invitando a ser parte.

Pareciera ser fácil cuando uno los ve tocar. Parecen despreocupados, como si fuera sencilla la improvisación que ejecutan. Diego no para de moverse sobre la banqueta mientras sus dedos corren sobre el teclado.

El concierto duró aproximadamente 50 minutos, algo corto, como auspiciando de teloneros de Big Band, el otro espectáculo de la noche, de los mismos productores y que a su totalidad dieron el nombre de “Made in Uruguay”.

Habiendo tocado los dos primeros temas los músicos comenzaron a hablar con el público: “nosotros nos conocimos estudiando en Boston, vivíamos en el mismo edificio y muchas veces nos juntábamos a hacer esto mismo” y como quien te invita a pasar a su casa, Ramiro y Diego nos hicieron parte de esas noches hace ya algunos años, en un apartamento de estudiantes en los Estados Unido.

Fotografía de Santiago Bouzás.

Santiago Barreiro