Alta fiesta

Influencia esotérica, que  indaga sobre el ser cuerpo y la conciencia salvaje

En la sala del teatro Alianza, se encuentran siete personas en diferentes posiciones sobre el escenario. Esperan, esperan, esperan quince, veinte y hasta veinticinco minutos a que lleguen todos los espectadores. Veinticinco minutos a que el público impuntual acceda a su butaca, mientras las siete personas están presentes en el escenario. Presentes bajo sus abundantes ropas que los cubren enteros, ropas que no nos dejan ver su piel, solo los colores, muchos colores. Gorros de visera que tapan rostros con retazos de telas finas, prontas para el movimiento. Un escenario completamente negro, iluminado por un tablón con tubos de luz en fila que cuelgan del techo.

La primera imagen de Caravana Sísmica impacta, nos interpela, imagen urbana con guiños de aparente sensualidad chamánica y la alta carga estética facilita un lenguaje de simbología mística esotérica. Impresiones visuales se quedan  en el espectador a partir de  esas particulares vestimentas que marcan un anclaje histórico-cultural meramente contemporáneo.

Impresiones, que existen al ser frente a un manejo del espacio que se habita entero, con movimientos y líneas que lo hacen sentir vivo.

La obra se recorre desde un movimiento interno, giros, saltos, energías pendulares, que van y que vienen en forma de masa, acompañada por la introspección que sugieren los rostros humanos escondidos. Esa no mirada, rostros bajo tela o cabezas bajas habilitando el cotidiano que no visualizamos conscientemente y que en este caso incomoda. No se ven más que cuerpos en movimiento, no se distinguen géneros, ni rasgos, ni tipos de cuerpo, las formas son difusas. A la vez el movimiento es todo lo que se muestra, se mueve un pie, una mano, se los oye respirar.

Los movimientos encargados de transmitir direcciones, crean el clima de ritual que se vive desde que empieza la obra hasta que termina. Es un ritual contemporáneo que pasa de ser un círculo iniciador cargado de sonidos y mantras, a un momento de oscuridad, humo y luces relámpago bajo una atmósfera densa y música de sonidos graves. El rito es seguir a estos seres, que haciendo movimientos repetitivos y catárticos, juegan a desaparecer la individualidad para dar lugar a la pluralidad.

Los sonidos de la obra transcurren bajo la intimidad de sus respiraciones, alguna canción punk y sonidos electrónicos, el golpe de los pies sobre el escenario, palabras, suspiros, gemidos y gritos. Pero por sobre todo esa respiración que va marcando el ritmo, lo acelera o enlentece, modificando las dinámicas. La respiración presente como sentido de unicidad, el aire que entra y que sale de esos cuerpos es escuchado por cada integrante y funciona de puente entre ellos.

Viendo el proceso de trabajo previo, que compartieron los integrantes de Caravana Sísmica, esa unión que se ve en escena fue buscada, buceada, planteada desde el amor, desde la fraternidad. Escriben en su cuenta de facebook: “Me cuesta entender por qué la dificultad de acercarnos, por qué nos cuesta reconocernos en el otro. Inevitablemente se viene el amor cuando pienso que me aferra a la vida. Los encuentros, los vínculos, la posibilidad. Tener claro que existe siempre la opción de afectar a otro de forma alegre”, dice la directora Carolina Guerra.

Bocas salen en gritos desde atrás de telas colgando hacia el final de la obra. Imagen fuerte después de largos tiempos de silencios intensos. Gritan separados y juntos, nos gritan a nosotros, espectadores. Descubren palabras y frases, que desatan la risa en el público. La distensión de que eso que estamos viendo no solo son movimientos sino palabras que ayudan a entender cuestiones que probablemente nos sugieran bastante más que “entender” y es ahí cuando aparece el lenguaje y las palabras cotidianas: “alta fiesta”, “honestamente”, “con esta mente” o lo que cada uno quiera escuchar. Palabras que los bailarines gritan entre sonidos que se alternan e interponen.

La obra por momentos es planteada como un ensayo, por otros como un ritual; una pieza elaborada en base a la cotidianeidad de ser cuerpo de carne y hueso y hacerse cargo del salvajismo y la conciencia.  

Al retirarnos de la sala nos encontramos con un papel que manifestaba el descontento del colectivo con las autoridades organizativas del Festival, planteando lo siguiente: “Caravana Sísmica se presentó cumpliendo con los requisitos solicitados por la organización(…) el FIDAE les asignó un espacio que no cumple con las condiciones técnicas mínimas que la obra requiere, desconociendo lo que ellos mismos solicitaron en el llamado.” agradecen al público y al Teatro Alianza pero solicitan recursos para el desarrollo óptimo de la función. Cuestión que sigue contextualizando a la obra, apelando a esta información se añade: “nos hubiese gustado que vieras el espectáculo que creamos para ti”. Garantizar derechos a los trabajadores y artistas del medio cultural es básico a la hora de pensar en una obra y más aún en un Festival, habría que repasar y continuar trabajando en materia de cultura y recursos para que estas cuestiones dejen de suceder; la convocatoria a la unicidad parece una metáfora de la obra en algún punto.

De todos modos, hay cuestiones que siguen estando y es que si algo tiene la danza contemporánea es el lugar que abre a las interrogantes. En este caso, son esos seres que en cierto momento nos miran, nos interrogan; sin cara, sin cuello, bajo una misma piel. Cuerpos desde el silencio ejerciendo su derecho a ser cuerpo, a “ser libres” en pos de esa comunión, de sonar y vibrar con un solo otro. En un universo donde la palabra es lo que se busca desintegrar, definir una pieza de esta características solamente es posible bajo sensaciones e interrogantes: ¿Desde dónde uno habita su espacio? ¿Qué lugar le damos al cuerpo en la cotidianeidad? ¿Cuán importante es un rostro para definir un cuerpo?, ¿Cuál es el lugar del cuerpo, de la individualidad, de la grupalidad? ¿Es tangible? ¿Qué tipo de espectáculo debería ser mostrado o por qué no? ¿Qué nos permitimos hacer y ser? Interrogantes que la obra no responde y que solo habita en estas preguntas desde el silencio y el cuerpo en movimiento.

Mikaela Echeverría y Mathías Fuentes

Ficha técnica.

Dirección:

Carolina Guerra

Performance y creación:

Clara Barone

Bruno Brandolino

Sofia Dibarboure

Anahí Mendy

Romina Pippolo

Martina Ponzoni

Camila Sánchez

Luz y sonido:

Santiago Rodríguez Tricot

Vestuario:

Stefania Assandri

Audiovisuales:

Celeste Rojas