“Ahora vamos a hablar de amor”

Entrevista a Vika Fleitas Campamar

 

Las agujas de mi reloj pulsera se aproximan sin prisa a las 14:40 hs. Una música suave resuena en las estanterías de la Librería Puro Verso, acariciando los estáticos lomos de los libros allí dispuestos. Al pasar – y sin quererlo – pesco frases sueltas de conversaciones ajenas mezcladas con el olor a café que se desprende del otro lado del mostrador seduciendo mis narinas. Para mayor comodidad opté por los tullidos sillones junto al ventanal que da a la Peatonal Sarandí y su ajetreado movimiento humano: llamadas telefónicas casi a las corridas, artesanos exhibiendo sus trabajos a algún curioso turista, trabajadores que aprovechan su media hora libre para almorzar… De mi lado de la ventana el universo es otro: el pulso acelerado del afuera no logra atravesar el grosor del vidrio, y mis escasos “vecinos” beben su café con la misma parsimonia con la que mi reloj avanza a las casi 14:50hs.

Releyendo mis notas – un carnaval de flúor, flechas y garabatos ilegibles- recuerdo lo primero que pensé al leer el título de la obra en cuestión: “Smiley: una historia de amor”; ¿qué lugar ocupa la comedia romántica como género? ¿Por qué suele asociarse con lo frívolo, comercial -“mainstream”- y los finales previsibles? Para Guillem Clua, autor de la obra, no interesa que el final sea predecible porque lo importante es cómo se llega a ese final, no el final en sí. Todos los seres humanos buscamos el amor, y el cine y el teatro tienen, según él, ese poder de la ficción de hacernos vivir lo imposible.

El pasado 11 de abril Uruguay se sumó a la larga lista de países – entre los que se encuentran Grecia, Alemania, Chipre, Puerto Rico – por los que “Smiley” ha repartido emoticones desde su estreno en Barcelona en 2012; contando en esta versión con Christian Amacoria y Nicolás Pereyra para dar vida a Álex y Bruno, un equipo técnico casi en su totalidad femenino, y la dirección, adaptación, producción y diseño gráfico de Vika Fleitas Campamar (Montevideo, 1983); quien además es dramaturga, cantante, ha estudiado cine, publicidad, comunicación y gestión cultural.

Apenas pasadas las 15hs ya estamos sentadas junto al ventanal, Vika con su capucchino, yo con mi té, y una obra entre las dos tazas: “Smiley: una historia de amor”

 

 

El humor de “Smiley” parte de esa neurosis propia del enamoramiento que muchas veces nos lleva a los comportamientos más absurdos, sobretodo en este tiempo en que las redes sociales son la base de muchos vínculos. ¿Es posible hablar de “amor verdadero” en este contexto?

Vika: Yo creo que los grandes sentimientos humanos como el amor, el miedo, la envidia, el instinto de supervivencia… son cosas tan humanas, tan fuertes, que no cambian. De repente puede cambiar cómo conozco a alguien: antes en los bailes esperaban a que llegaran las lentas para sacarte a bailar, ahora ya no hay que esperar nada, entonces el marco sí cambia, pero los sentimientos son muy primitivos, muy básicos; el ser humano sigue siendo igual, cambian las formas pero el sentimiento es el mismo… Y yo creo que es muy lindo cuando la gente ve de afuera las cosas que le pasan, incluso el público se ríe en momentos que no pensé que fueran a hacerlo y pienso “Claro, si la gente se ríe es porque lo hace o lo pensó, lo quiso hacer y no lo hizo”.

Como Álex y Bruno que incurren en los mecanismos más rebuscados para acercarse al otro por no seguir el impulso de escribirse…

Vika: Es que la obra existe gracias a eso, a esa parte del ser humano que en vez de mandarse se hace la cabeza; sería muy fácil que de entrada se aclare la equivocación que los vincula y la historia termine ahí. La obra justamente avanza y puede existir porque el ser humano es complejo, es completamente arbitrario, contradictorio, y quiere decir una cosa y dice otra; todo por una cuestión más bien cultural y social creo, porque si nosotros realmente siguiéramos nuestros instintos sería todo mucho más simple – o más complejo, no sé – pero por lo menos más directo: siento esto lo digo, quiero esto, lo hago… Sin embargo la estructura social y cultural con que nos empiezan a moldear hace que pasen esas cosas: “no le escribas, vas a quedar como un no sé qué…” Los perros y los niños por ejemplo, como aún no tienen instaurada la cultura de la sociedad, si te vas se quedan re tristes y lloran, o sea, expresan lo que les está pasando en el momento, no racionalizan, no piensan “no voy a llorar porque si no va a pensar que…”, esa es toda una construcción mucho posterior. Y eso es lo divertido también, lo interesante del ser humano, porque si hago y digo lo que quiero todo el tiempo esa neurosis de la mente que es muy cómica, y también dramática y profunda, se pierde.

La historia se juega en dos tiempos: por un lado está el presente de la realidad donde se nos aclara al público los conceptos propios del ambiente gay que quizá no conozcamos, y a su vez está el presente del relato en que ni personajes ni espectadores sabemos qué va a pasar con estos dos hombres de personalidades diametralmente opuestas que se enamoran pero se niegan a admitirlo por esas diferencias que ambos presumen como “irreconciliables”, inventándose cualquier excusa para no aceptar lo que sienten…

Vika: Pasa que está esa falsa construcción de las películas, de las historias de amor clásicas de que las personas tienen que ser parecidas para juntarse. Por supuesto que sí tienen que haber puntos en común, pero para mí lo más importante es la circunstancia en la que están estas dos personas… A veces miramos para atrás y pensamos en personas con quienes mantuvimos una relación y decimos “con esta persona hoy no estaría…” o pensás en tres años antes a estar juntos y tampoco estarías con él/ella; o sea, fue en ese momento durante el que estuvieron juntos que tenía que ser; y Álex y Bruno están en un momento en que se quieren enamorar, quieren sentir y entregarse, y es ahí que se abren a aceptar las diferencias entre ellos. Eso es lo que hace a la obra también, integra la diferencia y al público heterosexual que no entendería los códigos particulares del mundo gay.

Hay un tercer personaje que representa un obstáculo escénico y vincular entre ellos: Pablo, el maniquí…

Vika: Yo cuando leí la obra y vi que aparecía este personaje de Pablo no quería otro cuerpo real, otra persona, porque esto es muy de Álex y Bruno, es muy íntimo. Entonces tomé la idea del maniquí de algo que menciona Bruno en la primera cita en el bar y me pareció que cerraba, que tenía un sentido dentro de la obra por más que el texto no lo sugería tal cual. Yo necesitaba que los objetos reales fueran muy pocos y muy específicos, sobretodo porque la escenografía de por sí plantea esa cosa minimalista, conceptual, abstracta… Un poco la idea era que su historia se vaya construyendo a partir de lo que uno y otro recuerdan, y así ellos van trazando las líneas de los recuerdos en ese discurso de a dos, como esos dibujos infantiles en que vas uniendo los puntos para formar una figura; entonces esas cosas corpóreas versus esa propuesta de aristas y líneas muy “minimal”, tenían que tener todo el sentido. Me pasaba con el maniquí que en mi cabeza era maravilloso, me encantaba que ellos estén conviviendo con un ser inerte que parece un ser humano pero no lo es, y esa cosa rígida que hace referencia un poco a la pose en que queremos ponernos siempre, esa máscara de que “estoy re bien”; pero a su vez el maniquí es tremenda presencia entonces, ¿qué hacemos con el macaco ese, lo dejamos desde un principio o no? Y estar ahí – porque el lugar del director siempre es el lugar del público, y a su vez, hasta que no llega el público no hay teatro – y ver los elementos, hace que se resignifiquen, y ese maniquí que intuitivamente funcionaba, no me terminó de cerrar hasta que lo vi en la primer función y entendí que hace a la idea de bar, le da un toque de lugar masculino.

Se plantea la leyenda del hilo rojo como uno de los factores que une a estos personajes, y Álex, que en un principio se muestra reticente a creer en ese tipo de cosas, a medida que va avanzando la historia empieza a cambiar de perspectiva y de hecho es quien más se termina aferrando a ella.

Vika: Claro, es esto de que a veces te muestran algo y te cerrás porque creés que no te gustaría. Hay un millón de cosas que no conocemos y quizá hay como un preconcepto de que “esto seguro no me va a gustar”, pero en realidad hasta que no lo probás, no sabés. Yo creo que lo que buscó Guillem fue eso: copiar el esquema de una clásica película romántica de Hollywood y traducirlo al teatro y a nuestra contemporaneidad donde no siempre tienen que ser hombre y mujer; y que de alguna forma es un homenaje a esa construcción del amor. Lo que está bueno de cuando los personajes hablan con el público es que no todo es lo que parece, no todo es como en las películas donde todo fluye bárbaro y todo es amor.

El significado del emoticón – del Smiley – todo lo que decimos a través de esos “dos puntos, guión, paréntesis cerrado” que depende de la correspondencia del otro para decodificarse…

Vika: Ahora con un emoticón – en este nuevo lenguaje de la tecnología, redes sociales, celulares – estamos hablando del mismo sentimiento del que hablábamos hace siglos… Para mí es muy lindo y muy fino eso del smiley como un mensaje “zippeado”, como un jueguito de provocación y de guiño de “te mando esto, y vos vas a entender todo lo que significa”. Creo que el smiley tiene mucho peso porque ahí entendés el nombre de la obra, que a mí en un principio me sonaba extraño, pero después entendés que es re importante, porque todo lo que Álex y Bruno quieren entregarse el uno al otro está condensado en un emoticón. Esto de los smileys y los emoticones es muy de lo jeroglífico, las pinturas rupestres de las cavernas, es algo muy básico, son pequeñas imágenes que significan un montón de cosas; y esto es lo que más conecta con la gente más allá de si sos gay o no. De hecho, a mí lo que más me gusta de la obra es que no trata lo homosexual como un “tema”. Va más allá, esto ya lo hablamos, ya lo discutimos, ya hemos ganado terreno: ahora vamos a hablar de amor. Y tiene una carga de humanidad, de que estamos viendo a dos personas que en ningún momento están rechazando al público con sus aclaraciones, sino al contrario, porque hay mucha gente que de verdad no conoce esos conceptos.

A mí me interesaba trabajar con actores que no fueran gays porque me parece que es un desafío para ellos, y me es mucho más interesante construir desde un lugar que no conocen, crear un personaje y un vínculo que les es totalmente ajeno; y sobretodo porque no quería caer en el cliché. Yo me preguntaba si el público gay creería en el vínculo, porque además nosotros lo hicimos desde el respeto total y del homenaje de contar la historia de estos dos hombres que están enamorados. Además el autor de entrada nos allanó el camino porque todo lo que ellos tienen que sentir y pensar está en el texto, y el vínculo ente ellos personas – Christian y Nico – es hermoso, porque se quieren mucho de verdad y eso colabora a que se conforme esta historia. Christian fue muy lúcido cuando me dijo que necesitaba trabajar con alguien con quien tenga mucha confianza, porque es verdad, más allá de la cercanía física y el beso y todo eso, el ya quererse entre ellos hizo que construir ese vínculo fuese mucho más fácil, porque ya se conocen, ya hay una relación de por sí construida, es sólo llevarla al plano romántico, digamos.

También el trabajo de la espacialidad, que es algo cultural: en Europa hay una cierta distancia que se da como algo tácito, si vos ves a alguien más cerca de lo “normal” es como raro. En la India las distancias son totalmente distintas, la gente es mucho más abierta, de repente en una moto de esas Honda ves a una familia de cinco personas, y vos decís “¿cómo hicieron para entrar?”; en el metro de México vas con la gente casi que adentro del cuerpo, la cercanía es mucho mayor… Entonces está esto de ver cómo es la cercanía entre dos hombres gays, porque entre dos compañeros de trabajo la distancia es otra… Eso fue algo que trabajamos, que no tiene por qué ser el gay desde el cliché de amanerado, sino sólo a partir del trabajo de la distancia. Son sutilezas que hacen al vínculo…

Trabajamos mucho desde la libertad en cuanto al texto, yo lo adapté y tenía un margen para cambiarlo, lo que quería era lograr un nivel de organicidad donde el texto empezara a fluir y a desaparecer en su cuerpo, y había muchas cosas que yo había escrito que dichas me hacían ruido, entonces les preguntaba cómo lo dirían ellos; todo lo que nos distraía lo sacábamos, y a medida que íbamos cambiando y depurando se integraban cosas que surgían de los ensayos, porque además esas cosas que salen del actor le dan frescura, es algo que no está actuado, que le salió natural. Es lo que tiene el teatro de que podés trabajar con esa libertad de probar y descartar a medida que vas construyendo, y a mí me gusta darles el lugar a que propongan, y yo como directora puedo tener una visión de afuera, y saber lo que quiero. A su vez hay una línea que nos separa, estamos en dos mundos completamente distintos, y capaz que ellos están accionando y en su universo funciona, pero yo que lo veo de afuera estoy viendo también lo plástico, la composición como un todo, y el movimiento también te está generando un espacio, una vibración, una pincelada, un dibujo; y capaz que a veces a un actor no le resulta orgánico hacer determinada acción pero yo preciso que hagas “esto” para equilibrar con “esto otro”, y eso ellos no lo pueden ver, yo que estoy afuera sí; entonces yo les doy esa libertad de que hagan y se muevan y después sintonizaremos. Les pido que confíen en mí.

Esta es la primera obra que dirigís que no es tuya, ¿cómo ha sido la experiencia?

Vika: Sí, yo acá dirigí una micro obra en el Centro Cultural España (CCE) que después la hice en México también. Allá después hicieron un texto mío que no lo dirigí yo, e hice una lectura dramatizada mía allá también; pero dirigir esta obra me encantó. La verdad que tampoco soy mucho del palo de la comedia y la primera vez que la leí estaba como más reticente, y la segunda vez dije: “¡esto está demás!”, sobre todo por esos mecanismos de corte de que ahora estamos en el presente del relato y ahora estamos en el presente de la realidad; y también me interesó mucho hacer la adaptación porque es una obra catalana, de 2012, ambientada en Barcelona, y todos los lugares y marcas que se mencionaban eran de allá, y de hacerla tal cual no iba a tener la misma llegada que es justamente lo que la obra quiere: hablarte de lugares que vos conocés perfectamente. Es una obra muy inteligente, y que está muy bien escrita, y que al adaptarla la hice mía de alguna forma. Mis amigas y familiares después de verla me decían que habían cosas que eran “muy yo” y yo pensaba “pa, qué loco…”

¿Tendés a buscar en tus obras un hilo común, un estilo, o más bien ves para dónde te lleva cada proyecto en particular?

Vika: A mí me gusta mucho lo simple, ir a lo mínimo indispensable, capaz que ese es mi estilo. Yo siempre fui malísima para matemáticas pero siempre me acuerdo de cuando estudiábamos esto del “mínimo común múltiplo”, lo indivisible, que llegás a un número que ya no se puede reducir más… Bueno esa es mi lógica cuando trabajo, mismo con los actores: tiremos, aportemos cosas, y después tengo que depurar, y lo que está, está por una razón, ni más ni menos. Mismo esto de sintonizar, me gusta el orden, la simpleza, no me gusta lo abarrotado innecesariamente, sí si tiene una intención de que está abarrotado por algo, pero por lo general prefiero lo simple…

Yo cuando leo una obra ya estoy levantando una imagen de la gráfica y cuando leí “Smiley” vi lo que quería de la gráfica, vi la escenografía y empecé a buscar referencias de cosas y encontré un artista italiano, Massimo Uberti, que tiene instalaciones con aristas de neón con las que de repente te hace una casa, una silla, un escritorio, sólo con neón; y ya vi eso y vi a los personajes. Por eso me interesa tanto la parte de casting, yo necesito ya saber qué actor o qué actriz lo va a interpretar y desde que leí la obra supe que Álex no podía ser otro que Christian, y después cuando apareció Nico vi a Bruno… Entonces sí, hay cosas muy específicas que yo tengo, como la imagen del peluche, o del maniquí, son cosas que se me instalan y confío. Yo soy muy de la intuición, de ser coherente conmigo, si veo que no funciona me deshago de eso, y si veo que sí, le doy. A veces podés tener una idea que en tu cabeza es perfecta, pero que cuando la hacés te das cuenta que no, lo mismo cuando escribís, entonces tiene que haber un margen para la corrección, para ver qué dejás atrás y qué queda. Y eso también se aplica a la escenografía, a la música: las canciones para mí son muy importantes, porque me gusta mucho la música, porque además canto, y porque las canciones tienen esa cosa de que te ponen en un estado, no es sólo algo que suena de fondo. Me gusta dejar miguitas que el espectador vaya agarrando, y si sabe inglés va a entender la letra, y si no, ve a Álex en su estado y por la tonalidad de la canción entiende lo que se está transmitiendo. Para mí no puede haber nada azaroso, estás ubicando objetos en un espacio vacío, entonces todo lo que pongas va a estar dando una información, comunica algo. Y eso es lo que a mí me encanta del teatro, que es semiótica pura, es comunicación pura, psicología, antropología… Y también llegué al teatro un poco así, habiendo transitado un montón de disciplinas, carreras y cosas, y en realidad tuvo sentido haber recorrido todo eso previo porque cada cosa que hagas tiene sentido con esta otra, es como relojería… A veces uno ni es consciente del bagaje que va llevando y recogiendo de cada carrera y cada lugar que visita, lo importante es llenarte de insumos que en algún momento vas a usar, porque quedan como en un cajón esperando el momento en que les toque usarse. Y también todas estas cosas que he transitado y estudiado me han dado herramientas para encontrar diferentes caminos creativos, entonces frente a “Smiley” yo pienso “Esto es una comedia, bueno, qué comedias me han gustado a mí, por qué me quedaron ciertas escenas en la cabeza y no otras, qué tenían de especial…”, y al revisitar en tu cabeza esas referencias van apareciendo canciones, imágenes… y también le doy rienda suelta a la intuición y en ocasiones digo “Voy a prender la radio y la canción que esté, va a ser esa”, y a veces funciona…

Smiley: una historia de amor” es una obra circular, que incluye al público, que tiene ritmo, humor, profundidad, es sensible, humana, que empieza con un emoticón y termina con un emoticón resignificado…

Vika: Es súper circular, volviendo a lo clásico tiene esto del emoticón que cobra sentido con la persona que tenía que cobrar sentido, que es como “Cenicienta”, ese zapatito que no le queda a esta, ni a esta otra; le queda a ella porque tenía que ser ella… Entonces ese emoticón que envía Álex no era para ese otro hombre que nunca apareció, no era el talle, encajó con Bruno. Es súper circular, perfecta y con todo pensado.

Entre risas, emoticones, y la tan cuidada como sensible dirección de Vika Fleitas Campamar, “Smiley” nos conduce a través de la historia de Álex y Bruno, que a su vez es tu historia y la mía.

Eugenia Fajardo